Pero me notaba tan beato de cuerpo y de espíritu, que no me preocupé más. Mi independencia de alma, mi quisquillosa independencia, no gritó, no se rebeló, adormecida por el dulce soplo vernal y por la sonrisa de las cosas en torno mío. Hay horas así, en que una sensación de ventura nace en nosotros, como el agua clara y cantadora surte sobre el fondo de un paisaje. Es sensación, porque no se origina de ningún convencimiento racional, ni siquiera de ningún movimiento emotivo. Es sensación: pura animalidad, no brutal, sino plácida, reposada, que por un momento se impone á la siempre vigilante conciencia.

Se desata por las venas la vida fisiológica, y el mundo exterior nos inunda y nos arrebata de la prisión de nosotros mismos. Nos reconciliamos momentáneamente con lo que suele oponérsenos; un baño de gozo nos refrigera; el aire es amoroso á los pulmones; la sangre circula con generosa braveza; el cerebro se aduerme... ¡Á veces, borrada la memoria de supremos instantes de la existencia, es posible que el recuerdo de satisfacciones tales, que no son sino perfecto equilibrio de la salud, venga á alumbrar las desazonadas horas de la vejez!

Saboreando descuidadamente lo grato del momento, revolví haciendo trotar á mi alquilón, y me perdí en las calles de pinos y plátanos, viendo á ambos lados edificios raquíticos ó ampulosos, las construcciones que afean el Retiro.

El tiazo Goya me miró, con desconfianza de sordo, desde su pedestal. Impulsado por la plenitud, en mí tan rara, de fuerzas vitales, quise galopar un poco, y para continuar al Hipódromo salí hacia el paseo de la Castellana. La soledad era mayor aún; el batir de los cascos del caballo al emprender su galope sin arranque, de animal demasiado diestro, levantaba del suelo arenisco sutil polvareda. Al tener que llevar recogida á mi montura, desperté del sopor en que me deleitaba, y la primer señal de haberse roto el pasajero encanto, fué que me comparé á este caballo de picadero, dócil y maquinal como un siervo que se resigna. ¡Qué hermoso es el caballo en su pradería, suelta la nunca esquilada crin, naturales los botes y aires indómitos, que no igualaron el látigo ni la caricia!

Al volver la cabeza vi que á aquella hora temprana, bajo un sol ya picón, caminaban á pie dos hombres... Les reconocí. El uno era Solano, el impresionista, derrotado, despeinado, retorcida alrededor del cuello una corbata grasienta (es fácil que la camisa esté peor que la corbata), y sus ademanes alocados, su trepidar de ojos, daban animación febril al manoteo con que se dirigía á su acompañante. Éste... Al verle, percibí el acostumbrado golpe, el que sufrimos al encontrarnos ante personas en quienes pensamos ahincadamente, y que, distantes al parecer de nuestro horizonte y nuestro destino, influyen en él, sin embargo, de un modo decisivo y secreto.—Era nada menos que aquel... que yo quisiera ser; el que—sosegadamente, firmemente, desenvolviendo con tenacidad sus facultades, recogiendo hilos de tradición tenuísimos, algo que procede de los grandes maestros españoles de la pincelada franca y el contraste de luz vigoroso,—se ha abierto ancho camino, sin artificios, sin concesiones, gran artista secundariamente, pero, en primer término, reproductor literal y pujante de una verdad de la naturaleza, de una violencia del color y de la luz, de un aspecto fiero y esplendente de la tierra española. Con el corazón palpitante me saciaba de mirarle, cual si de la contemplación apasionada del seide y del fanático pudiese salir algo de asimilación. Le miraba con dolor (lo hay en estos cultos idolátricos, y así se explica el triste fenómeno moral de que las más profundas admiraciones artísticas ó literarias hayan engendrado las más viperinas envidias y los más acibarados odios).—Le miraba sediento, buscando en los rasgos físicos, en la cara algo mongoloide, en lo recogido y recio del cuerpo, en la misma pequeñez de la estatura, el misterio indescifrable de la facultad genial y del heroísmo de la vocación, segura y definida, que, al través de zarzas, espinas y guijarros, va á su objeto. Sentía esa fascinación que nos causa la forma humana cuando encierra el espíritu que apetecemos, el que hubiésemos ansiado que nos animase. Comprendía cualquier demostración de las que ya no se estilan entre civilizados: ¡echar pie á tierra y besar el polvo hollado por sus botas!

En medio de mi transporte, me explicaba la excursión matinal del maestro, en compañía de uno de sus peores y más amanerados discípulos. Se dirigían al edificio donde se prepara la Exposición, esta famosa Exposición tan cacareada, acechada ya por críticos al menudeo y proveedores de la malignidad en forma de caricatura y sátira. Indudablemente Solano ha echado el resto en alguna tentativa, trabajando con vida y alma, luchando con los apremios de la estrechez y con su mediocridad incurable; y el maestro reconocido, cuyos lienzos se ostentan ya en Museos extranjeros, se presta, por solidaridad, á intervenir en asuntos de colocación, á dar al artista obscuro una muestra de condescendencia, el aliento del consejo y de la protección visible.—Noto un dientecillo roedor, un mordisqueo de envidia.—No es este pobre fracasado quien debiera, en esta mañana primaveral, bajo un cielo tan puro, encaminarse al lado del maestro á la conquista de la gloria, sino yo, yo mismo; yo, dotado de aptitudes que acaso principian á atrofiarse ó acaso hierven en preparación de germinar.—El golpeteo de los cascos de mi caballo distrajo un momento de la animada plática á los dos pintores; volvieron la cabeza, solicitados por la vida que pasa—y mientras Solano hacía sin rebozo un gesto despreciativo, mofador, á mi elegante figura, el maestro fijaba en ella los ojos de mirada moruna, graves, un tanto oblicuos, y fruncía el entrecejo ligeramente. Su mirar era puñalero: cortaba, derramaba hielo de muerte, cabalmente por su misma indiferencia y distancia.

Un momento quedé paralizado. En la boca acíbares, en el pecho constricción, como si lo ciñese fuerte aro de hierro. La más penosa de las impresiones, la vergüenza—en el grado de bochorno y dolor de haber nacido,—me abrumaba, infundiéndome sequedad y aridez infinita, visión de desierto de arena que atravesar sin sombra de árbol. La vida me pareció que había perdido de golpe todo valor, cuanto la hace soportable; hubiese querido que se rajase la tierra y me sorbiese por su hendidura, con caballo y todo. Miré como fascinado al maestro, y al sentir que, puerilmente, los ojos se me arrasaban y las mejillas se me encendían, clavé los agudos espolines de acero al domado bruto, dándole, al mismo tiempo, tan vigorosa ayuda, como se dice en términos de equitación, que el galope emprendido convirtió mi aliento en resuello y me deslumbró un instante.

Á cada intento del animal para moderar el paso, volvía á hincarle las estrellitas de acero y á fustigarle iracundo. El caballo resoplaba, hasta iniciaba algún corcovo de protesta; pero pudo más su docilidad de esclavo, y se resignó á dispararse por las grises y polvorientas afueras de Madrid, bellas á su modo, secas y netas como país de tabla quinientista. Así que gasté mi excitación por la embriaguez de aire, revolví, y lentamente emprendí el retorno, sudoroso y apaciguado. En Recoletos—ante una iglesia—me crucé con una señora que de ella salía. La miré como se mira, sin verlas dentro, á las mujeres de bonita silueta. Sus ojos se vertieron en los míos; iba pálida; palideció más. Entonces sí que la vi dentro; no porque la quiera, sino porque la he causado mal, y es lazo que une.

El dolor, obra nuestra, nos impide aislarnos del que sufre por nosotros. Conocía yo bien la manera de ser de la Ayamonte, que en vez de ruborizarse, con la emoción, palidece. Casi detuve el caballo—no sé á que fin.—Tal vez fuese para decirla que me perdonase: que me pesa, no de mi condición, pero sí de su malandanza. Con el aturdimiento, me olvidé de saludar. Y ella pasó despaciosa, serena, y en sus pupilas resplandecía algo; una luz singular, una proyección de alma... ¿Será que...? ¡Bah! ¡Tan pronto!