El portero me ofreció ascensor. (En mi nueva instalación no podía faltar este requisito.) Se hizo cargo del caballo jadeante, para llevarlo al picadero. El criadito que he tomado acudió solícito á desembarazarme de mi arreo de dandy y sustituirlo por la blusa. Es increíble cómo me sentía de fatigado y descorazonado. Omití friccionarme las sienes con agua adicionada de colonia; y sin enjugar el sudor de la galopada, me arrojé sobre el diván del taller; mi respiración era angustiosa.—¡Qué débil soy!—pensaba. ¡Acaso para llegar adonde tanto ansío se necesite esa sólida estructura, esa armazón recia y cuadrada del maestro! Es preciso, preciso, que economice mis fuerzas... en todos los terrenos... que no pierda de ellas una chispa inútilmente. Seguir un régimen, hacer sport moderado sin derrochar energías como hoy...—Según suele ocurrir, al formar estos propósitos estaba á mil leguas de creer que pudiese cumplirlos. Comprendía que no era dable ya sujetarme al método austero que constituye la higiene moral del artista. Me acordé largo rato de la Ayamonte. Tal vez tuviese razón esa mujer. Desde luego, me quería... ¡Bah! ¿Qué importa que le quieran ó no le quieran á uno? Lo que interesa es que no le estorben, que no le aten los brazos.

Aún no me había repuesto, ni funcionaba normalmente mi corazón, cuando entró el portero llevando en brazos un bulto gris, especie de manguito raso.

—Lo que me ha encargado el señorito—dijo muy obsequioso.

¡Verdad! Se lo había encargado en un momento de tedio, de afán de tener á mi lado algo en que emplear mi escaso capital afectivo.

Miré. Era un precioso cachorro de raza danesa, semejante á esos grandes juguetes de porcelana que se colocan en antesalas y bajo las consolas.

La cabeza alongada, la magrez de las formas, declaraban la pureza de la raza; la piel era fina como velludillo, y en el gracioso hocico había esa expresión de inocencia cómica que tienen los cachorros, y que asemeja su infancia á la infancia humana. Con un impulso de simpatía le tomé de manos del portero y empecé á acariciarle. El animal sacó una puntita de lengua de fresco coral rosa y me lamió la cara; después, con dientecillos semejantes á puntas de piñones, mordisqueó lo primero que encontró—la nariz de su futuro dueño.

—¿Es macho?—interrogué.

—No, señorito. Hembra es... No ha traído la madre de esta vez macho ninguno—respondió el portero, que, al ver mi entrecejo, se decidió á mentir descaradamente, imaginando engañarme. La verdad era que habían nacido en las cocheras del duque de Lanzafuerte, próximas á mi estudio, cinco hermanos de esta primorosa bestezuela, de los cuales dos machos, reservados para amigos del duque, á quienes se los tenía ofrecidos sabe Dios desde cuándo. Las hembras fueron relajadas al brazo secular del cochero, que las explotó. En esta diminuta intriga el portero sacó su tajada, amén de un duro que le solté.

Al exclamar yo:

—¡Lástima que sea hembra!—ya me sentía encariñado.—¿No sería mejor que viniese criada? (Comprendía que estaban riéndose de mí y no me atrevía á hablar gordo. ¡Soy imposible! Tiene razón la baronesa de Dumbría.)