—¡Ay, señorito! Como mejor, sí sería mejor; pero el amo de la madre quiere que sólo mamen las crías que él guarda para sí. No se apure el señorito, que mi sobrino es mañoso y de esto ya entiende; comprará leche y no pasará hambre. ¡Chuchita! ¡Es más bien cortada y más chula!
Volví á alzar los hombros. Me es indiferente que el portero tome café con leche á mi cuenta. La gracia de la cachorra me ha conquistado. ¡No se alabarán de otro tanto las hembras de mi especie! La coloqué sobre el rincón del sofá, la hostigué para que jugase; pero acababa de atracarse y estaba adormilada; hecha una rosca, cerraba los ojos. ¡Envidiable, envidiable vida animal! Arropaba con mi plaid á la cachorra, cuando el criado anunció á la señora duquesa de Flandes.
Ya escucho con indiferencia los nombres sonoros; pero al oir éste, no pude menos de sobresaltarme y correr á recibir á la rica hembra. Entraba á paso cadencioso y arrogante, sin crujidos sedosos reveladores de frufrús, arrastrando majestuosamente su faldamenta de paño obscuro, semejante, como todo lo que ella viste—á pesar de proceder del gran modisto,—á una falda de amazona. Llenaba el angosto pasillo con su cuerpo lanzal y amplio de formas, y su cabeza bien puesta y gallarda se erguía para mirar los bocetos que tengo clavados en las paredes. Me incliné, me deshice en salutaciones y reverencias,—porque esta gran señora, aun donde muchas grandes señoras han pasado ya gastando mis impresiones, es cosa aparte. Parece la definitiva sanción de mi papel de retratista de las alturas. La entrada resuelta y noble de esta virreina consagra mi taller y refrenda mi categoría. Viendo á la duquesa de Flandes, por un momento me consolé de la humillación sufrida en el paseo. Se me impuso la noción de la jerarquía social, poder no inscrito en Códigos ni en Constituciones, y que se burla de ellos y de las revoluciones niveladoras. Doblemente fuerte, por lo mismo que no tiene carácter legal, y que la retórica de la mentira proclama cada día su desaparición. La duquesa de Flandes, para quien no esté en mi casa, será... otra duquesa más de las que figuran en la Guía, y entre las cuales tan curiosas diferencias establecen las circunstancias íntimas y los antecedentes biográficos; pero yo, aunque rápida y de seguro incompletamente iniciado en la vida mundana, no ignoro lo que significa esta mujer, que entre las frivolidades pegajosas de la sociedad y la apatía suicida de la gente aristocrática, conserva su conciencia de clase, el sentido de sus prerrogativas y del valor histórico de su nombre. Ella, y no el marido—el cual es realmente quien lleva en las venas la sangre de Flandes y Utrecht, encarnación de la vida española cuando aún era gloriosa;—ella, y no el marido, es quien ha consagrado tiempo y voluntad á elevar á altura principesca la casa, impidiendo que, como otras muy resonantes, descendiese á la quiebra y viese dispersos sus egregios despojos en almonedas judiciales y tiendas de anticuarios. Ella, y no el marido, ha cuidado religiosamente de salvar los restos y testimonios de antiguas proezas, y desempeñado los tapices representando batallas, los retratos del Ticiano, las iluminadas ejecutorias, los probantes documentos, desempolvando el archivo, registrándolo con amor, últimamente con golosina; ella, por último, se ha consagrado á cultivar la memoria del antepasado terrible, que tan grande fué contra el sentido y la corriente de los tiempos modernos, y á que los descendientes aparezcan todavía (pese á desvinculaciones, locuras y decadentismos) vestidos de un reflejo espléndido de tal grandeza. Ella—desde el primer día de su vida conyugal—se ha dado cuenta de que en los muy altos linajes la mujer tiene un deber más, y entre ejemplos nada edificantes y relaciones de elegancia corrompida, ha permanecido tranquila en su dignidad, imponiéndose á la maledicencia por la seriedad de su conducta. Ella—sin llegar á extremos de altivez como los que se cuentan de su esposo, que á muy pocas personas consiente alargar la mano—es toda la casa de Flandes, amenazada como las demás de desmigajarse por el reparto, no sólo de bienes, sino de honores y títulos.
La miré deslumbrado, encontrando un género de belleza peculiar en su tipo viril, de grandiosas líneas, en su torso prolongado y sólido de cazadora y de regeneradora de raza. Se acercó saludándome y hablándome llanamente, con palabras de amabilidad cordial. Tenía noticias de mi destreza... El pastel de Lina Moros, con el traje de terciopelo miroir amarillo, un encanto... Deseaba un retrato caprichoso, algo diferente...
—Sólo en el hecho de ser retrato de usted, señora, había de diferenciarse. Cuando el modelo tiene personalidad...
Explicó la idea. Un pastel hasta la rodilla, que la representase con su chaquetilla verde, su faja carmesí, su pavero de fieltro gris, su larga pica de acosar y derribar empuñada; el atavío con que se solazaba en la dehesa boyal, metiéndose intrépida entre las reses, en las tientas. Es este castizo deporte uno de los contados antojos tocados de extravagancia de mujer tan formal, y en él, cosa rara, coinciden sus aficiones y las de su marido, siempre entregado al sport.
—No va á resultar muy género pastel...—murmuró disculpándose.
—Mejor—exclamé. Y ante la sonrisa benévola y franca, como de amiga, de la Flandes, me sentí animado á una de aquellas desatadas confidencias que había tenido con Minia, que pueden tenerse con las mujeres cuando son varonilmente sencillas y leales. Escuchóme con interés; “comprendía” y “encontraba natural”.