—No se preocupe usted—exclamó con simpatía.—Lo que usted necesita es salir de Madrid, donde no encontrará estímulos, donde se amaneran los artistas, é irse á Londres. Allí, con muy pocos retratos que haga, como se pagan seriamente, tiene usted bastante para vivir, y puede estudiar con pintores, ¡de los primeros del mundo! ¡Francamente, aquí no los hay de esa talla! En Londres creo que le irá á usted bien.

Me entró alegría. Las palabras de la duquesa me vengaban del desprecio sufrido en el paseo matinal.

—¡Londres! Seré un átomo perdido en la enorme ciudad. Nadie me conocerá, ni yo conoceré á nadie.

Una sonrisa de bondad iluminó el rostro y los ojos de vastas ojeras obscuras, mazadas; ojos que parecen revelar un organismo minado secretamente.

—¿No me conoce á mí?

Tembloroso de esperanza, murmuré:

—¿Estará usted en Londres cuando yo vaya, si es que voy?

—Esté ó no esté—y si es en la season, no tendría nada de particular que estuviese,—le puedo dar á usted cartas para amigos míos. Si Pepita Castelfirme continúa entonces en nuestra Embajada, le será á usted muy útil. Los retratos en esos países se pagan diez veces más que aquí. ¡Y en libras!

Suspiré. Me acordaba del reciente grupo de retratos de una familia tenida por millonaria, y que me está siendo difícil cobrar; ¡tanto, que ya me resuelvo á dejarlo por cosa perdida! La Flandes insistió:

—Una temporada en Inglaterra conviene para todo. No sólo aprenderá usted arte, sino que se robustecerá; es muy sano residir allí. El clima es excelente, digan lo que quieran; la comida nutre más; no sé en qué consiste... Hará usted un poco de ejercicio; ¡aquí la gente vive sentada!...