—Bicicleta por lo menos—declaré.—La primavera que viene voy á seguir su consejo de usted, duquesa, y pasar el Estrecho. Por ahora no puedo... ¡No puedo de ningún modo!

—No puede usted...—asintió ella,—entre otras cosas, porque ahora va usted á retratar á Sus Altezas.

—¿Es seguro?—articulé.—Por más que diciéndolo usted... La amistad que lleva usted con la Reina...

Se hizo atrás, protestando.

—¡Oh, amistad! Respeto y adhesión, naturalmente. ¡Si yo no sé nada! Lo he oído decir por ahí. Es natural que se le ocurra á la Reina retratar á la Princesa y á la Infanta: ¡están en una edad tan bonita! Las fotografías son antiartísticas, y un retrato al óleo haría duro. Supongo que también el Rey se retratará. Es un honor para usted, porque no á todos los pintores se les admitiría en la intimidad de Palacio, donde se hace vida tan severa. Las princesitas han sido educadas perfectamente. Ya sé que es usted una persona capaz de estar allí como debe estarse.

Gesto de asentimiento mío. ¡Seguramente, no se me habría ocurrido cometer ninguna incorrección en Palacio! Las palabras (bien intencionadas y bondadosas, sin embargo) de la rica hembra, me recordaron la distancia entre el mundo del cual procedo y el mundo en que las circunstancias me sitúan. He entrado en él tan de golpe; mi facultad de adaptación me ha permitido de tal modo, desde el primer momento, salvar escollos, que me mortifican advertencias como las que acaba de dirigirme esta ilustre señora. No saben hasta qué punto soy yo hábil; ¡si soy un sofista griego en Roma! Esta índole especial también suele indignarme. Sería vigor conservar la bravía y rugosa corteza del proletariado bohemio, y no he tardado un día en soltarla. ¡Ya la perdí en Buenos Aires, desde mi transformación de obrero en retratista! Allí también anduve entre señoras, más pacatas, por cierto, que las de aquí. ¡No; no oirán de mis labios ni verán en mí esas blancas niñas reales cosa que pueda arañar la superficie de su candor! Seré para ellas un mudo y respetuoso mecánico del retrato, que vierte en el papel líneas y tonos con inmaterial desinterés, como se copia á las imágenes. No posaré mis ojos en las dos lises adolescentes sino para sorprender su forma, que tiene la ingenua y casta sequedad de las figuras de santas de los primitivos. Á ser posible, gustaríame incluirlas en un díptico, y con aureola.

La Flandes se retira, después de convenir en que volverá mañana á las once—ésta es de las que madrugan y hacen vida activa, oreada,—y en que el domingo iré yo á almorzar á su palacio, para ver su Ticiano, sus tapicerías, sus tesoros de arte. Una vez más sufriré la decepción de que ante la pintura antigua (hecha con los jugos y esencias de edades más estéticas, y que sólo por recordar esas edades ya excita la imaginación y la puebla de bellas sugestiones), nuestra pintura actual desciende muy bajo.

La invitación de la Flandes me halaga de pronto: al cabo es la primer casa de Madrid, después de la que domina la Plaza de Oriente; pero soy de tal madera, que apenas me solivianta la hinchazón de la vanidad, ya estoy arrepintiéndome, pensando que un convite á almorzar es justamente el modo que tiene la duquesa de colocarme, desde el primer día, en mi puesto de artista á quien se recibe en pie de dependencia disimulada por llanezas de buen gusto. Sé que en la mesa de Flandes, los almuerzos reúnen á los que no alternan, y las comidas, muy poco frecuentes, á los elementos sociales homogéneos. En fin, ¿qué diablo me importan esos tiquis miquis? Quién soy yo para... Ó, mejor dicho, ¿quiénes son ellos, los de ese círculo, para influir en el estado de mi conciencia? ¿Será exacto lo que asegura Minia, y no atravesaré impunemente un medio donde la vanidad lo informa todo? ¿Es que no aspiro á algo superior, infinitamente superior, á una invitación en casa de Flandes?