¡El desdén (anch’io desdeño) me sugiere resoluciones! En el ángulo de un salón solitario (donde se exhiben engendros más torpes y caníjos, la epilepsia de la imitación que se cree original porque exagera defectos) me paro, y con la voluntad flechada y el espíritu recogido me agarro la mano izquierda con la diestra, me la oprimo fuertemente, y me juro á mí mismo no existir sino para mi inspiración, no transigir con nada que la estorbe. “Si algún día figura en este Salón un lienzo con la firma de Silvio Lago, será que el lienzo es, en efecto, de Silvio Lago, del alma de Silvio Lago...” Aún seguía apretujándome, cuando Marín Cenizate me interpeló.
—¿Has visto mis paisajitos?—preguntó afanosamente.
—No... ¿Dónde los han escondido?
—¡Escondido, justo!... Si yo me diese el tono de tener enemigos, diría que mis enemigos los han colocado allí para fastidiarme. Pero habrá sido porque á los señores del Jurado no les pareció que merecían más consideraciones. Ven, verás.
Me arrastró, al través de la fila de salones, hasta otro arrinconado, apenas visitado, donde muy altas y á mala luz campeaban varias tablitas siempre inspiradas en Haes. Vibrante yo todavía de mi acto de fe, costábame trabajo disimular la indiferencia y pagar mi tributo de amistad con algún elogio. Cenizate comprendió, y, como siempre, su alma buena se refugió, para consolarse, en la ajena esperanza.
—¿Cuándo te veremos por aquí quitando moños? ¡Porque mira tú que hay moñitos que quitar! ¿Has echado un ojo á todo eso? ¡Van á tener que leer las críticas! ¿Te has fijado en los envíos de Roma? Esa Roma—lo estaba diciendo Ruiz Agudo, el de La Península—es el estragamiento de la poca espontaneidad que podrían tener los muchachos. Allí se aprende á imitar... imitaciones. Ambiente europeo no ha vuelto á respirarse allí desde el siglo XVIII. Convencionalismos, la eterna ciocciara, la cabeza de estudio melenuda, rehacer á Serra y sus paisajes melancólicos, de malaria, con paludismos verdes y un ara rota, como gran alarde de modernismo. Ruiz Agudo está furioso: dice que en el periódico va á pegarles á todos, á la Academia, á su Director, al Gobierno, para que se convenzan de que hoy la pintura debe estudiarse en Londres y en París y en Berlín... y dentro de poco en Chicago. Sí, señor: en Chicago, entre tocineros.
—Yo iré á Londres muy pronto—indiqué.
—Bien hecho... ¡Tú, un día, te despiertas de humor y les pones la ceniza á todos!... ¿Á ver, á ver: qué se traen esos señoritos que te escupen tanto? Tengo ganas de que te fijes en lo que se traen. ¿No sabes lo de Solano? ¿De veras no lo sabes, hijo? Con tus marquesas, no vives en el mundo. Pues ha dado una batalla para que le admitiesen una locura enorme (dice Ruiz Agudo que no es locura, sino tontería) que tiene embotellada hace meses. El hombre quería disparar un cañonazo. Te diré que puso toda la carne en el asador: el cuadro—yo lo he visto—es... ¡descomunal!
—¿Pero dice algo nuevo?—pregunté interesado.