—¿Qué quieres que diga? Solano, el pobrecito de mi alma, por no tener nada nuevo, ni botas ha estrenado en su vida... ¡Es un discípulo malo, y un discípulo eterno! Está rabioso porque ha pataleado, pereciendo de miseria. Su madre y dos hermanos menores aguardan para comer el día en que Solano venda algo que no sean las consabidas tablitas de “la maera vale más...” Ya las conocemos, ¿eh?

—¡Bien triste!...—murmuré impresionado.

—Sí, échate á llorar... No conoces á ese mal bicho. De ti dice horrores, cosas feas. Si yo te las repitiese... No se contenta con zaherirte como artista, no; te pinta como un intrigante que se vale de todos los medios y explota ciertas cuerdas del corazón femenil para medrar. ¡Déjale que se jorobe!

Sonreí con tranquilidad, y, en lugar de ira, me sentí inundado de compasión. No es la primera vez que noto que me falta el resorte del honor burgués. Me conmueven poco imputaciones de tal índole. Si llego á convencerme de que no puedo hacer nada de arte, ¿qué me importa lo demás? Siempre me han dado risa esos señores que se van á la redacción de un diario á exigir que pongan un suelto enterando á los lectores de que el Manuel Fulánez que fué sorprendido robando por el procedimiento de la mecha no es el respetable procurador D. Manuel Fulánez. En mi interior me he dicho muchas veces: “¡Qué dianche! Pues me tiene perfectamente sin cuidado ser ó no todo un caballero...”

—Habías de ver—prosiguió Cenizate—lo que revolvió el indino para colar aquí su engendro, un verdadero padrón de ignominia... Porque tú no te puedes figurar lo que es. No vayas á estar soñando algo parecido á lo que cuenta Zola en La Obra, y que Solano tiene una chispa genial...

—¿Quién sabe?

—No seas así... Tú comprendes que ese haría mejor en empuñar la lezna... ¡Se le ha puesto en el moño pintar; no puede, y odia de muerte á los que pudieron! Esta vez decía que se jugaba la carta última, la decisiva. Si el imbécil público no comprendiese lo sublime de su cuadrángano, entonces ¡ya sabe él lo que le resta!

—¿Será capaz de un acto de desesperación?

—¡No eres tú poco romántico!—protestó Cenizate.—¿Lo que él será capaz de hacer? ¡Otro ciempiés para la Exposición futura!

—¿Quién sabe nunca el alcance del desencanto y de la humillación en un alma?—respondí.—Cuando estamos sanos y satisfechos de la vida, nos es imposible representarnos la situación de quien se cae de lo alto de toda su esperanza. Te diré lo que me sucede... Desde que entré aquí, me ocurre si todo eso colgado en la pared y tan flojito como arte... no tendrá un valor inmenso como psicología. El deseo que produjo todo eso, ¡qué empuje representa! Esos cuadros suplican y lloran; piden, quieren hablar... y á los jurados, á ti y á mí nos están voceando: “¡Misericordia! ¡Nos han engendrado tantas ilusiones, y eran tan bonitas! ¡Miradlas á ellas y no á nosotros!”