—¡Bueno andaría el arte si pensásemos así! ¡Hombre, los maletas como Solano que escojan otro oficio! ¡Decirte lo que ha laborado! Inverosímil. Recomendaciones á diestro y siniestro; influencias de aquí y de acullá; sueltos con indirectas en los periódicos donde encontró medio de introducirse; y, sobre todo, la protección á capa y espada del maestro, á quien cogió por dos flacos: la bondad, la lástima, ¡que tantas tonterías nos hace cometer!; y el homenaje del discípulo, que siempre halaga... ¡Discípulo! No sabe el maestro que tienes tú una Recoleccioncita de la patata... Esa sí... Y no has necesitado estarle dando la tabarra en su taller para sorprenderle la factura.

—¡Calla! Si sólo por eso no traería semejante Recolección. ¿Presentarse con ropa prestada?

—¿Y me quieres decir si aquí alguien la tiene propia?

Á toda costa quiso Cenizate enseñarme los fusilamientos. Recorrimos segunda vez los salones, y lejos de compartir la opinión de mi amigo, me pareció que la juventud no se inspira verdaderamente en los maestros (lo cual, por fin, exige paciencia y estudio); lo que hace es buscárselas á encontrones, á saltos. Los únicos que imitan concienzudamente á los maestros (pero quedándose á distancia) son... los maestros mismos. Los que exponen aquí y los que he podido ver por ahí en exposiciones particulares, rehacen pálidamente el cuadro que hace veinte años les valió nombradía. El tiempo no ha transcurrido para ellos... ¡Con qué rapidez, en cambio, transcurre para mí! Esto que me atrevo á escribir ahora en un libro de memorias que nadie ha de ver, ni á pensarlo me atrevería allá en la inolvidable Alborada. Era pueril mi respeto á los que tienen cartel. Aún quedan restos en mi espíritu. Al de la mirada desdeñosa le respeto aún. Verdad que ese es el que yo quisiera ser; mi admiración por ese no se ha gastado al contacto de la frialdad de las gentes distinguidas, que padecen tan poco el mal de admirar. Y ansío, con ansia que tiene algo de frenesí, encontrarme ya en París ó en Londres, donde existan otros que yo quisiera ser, en cuya dorada estela pueda deslizarse mi barca.


Salgo del edificio y noto la gustosa reacción que causan el sol y el aire libre después de la fatiga peculiar de los Museos; recojo primavera en mis pulmones; compruebo, en lo aprisa y bien que ando, que mi salud es ahora lo que debe ser: salud de gladiador. ¡Cenizate apenas puede seguirme! En la Cibeles nos separamos; yo voy á tomar el te con mi excelente Palma, que tiene que hablarme de varias cosas, aconsejarme con su lealtad de costumbre, embromarme un poco, animarme, transmitirme, de seguro, algún nuevo encargo...

Estoy allí hasta las siete. Salgo precipitadamente; necesito vestirme. Franco Galarza, un muchacho acaudalado que quiere que le dé lecciones de pastel, me ha convidado á comer en su Club. Á la boca de la calle, antes de acercarme al Viaducto para cruzarlo y saltar al tranvía de la calle Mayor, un remolino de gente, gritos, exclamaciones. Allá abajo, en la profundidad pintoresca del caserío y del arbolado, que desde arriba produce vértigo de abismo, aún yace el cuerpo del suicida. Nadie entre la multitud le conoce; es su destino que no le conozcan, pues le faltaron puños para violentar á la Fama; pero como tiene la cara hacia arriba, y sus ojos, antes giratorios y dementes, ahora vidriados, inmóviles, se han posado tantas veces en mí con insultante ironía (sin recordar que éramos hermanos), yo le reconozco, y me quedo pegado á la barandilla, fascinado por la fascinación más poderosa, que responde al sentido de terror y misterio que rodea nuestra vida: la fascinación de la muerte...

¡Ese era, hace minutos, uno que anhelaba lo mismo que yo anhelo! Y siempre más valiente que yo; lo mismo cuando embadurnaba sus tablitas mendicantes y las enviaba á vender á los cafés, que ahora cuando reposa en el suelo con los miembros rotos, convencido de lo imposible de su Quimera.