Por la noche, en el Club, para olvidar, bebo unos cuantos cálices de extra dry. El espumoso me acrecienta la melancolía en vez de disiparla: mis nervios se alborotan y digo cosas, según Galarza, de un carácter romántico delicioso. La noche no termina en el Club; á la mañana siguiente me despierto estropeado, cadavérico, con una facies de cera; y recordando el juramento prestado la víspera ante mí mismo (los más sagrados, ya que son los más libres), me desprecio, y envidio al que á tales horas reposa, rígido y helado, en el Depósito. Cierro la ventana, y busco en la obscuridad y la soñolencia otra especie de no ser.
LAS CUATRO MEDITACIONES
PRIMERA MEDITACIÓN.—EN LA SOMBRA
Alrededor de mí, tinieblas. Allá en el fondo—tan lejos que su contorno se pierde—un disco de claridad. Dentro de él, haciendo la señal misteriosa, la mano descarnada. Camino, y el disco retrocede, y las tinieblas me siguen como perros negros que no aúllan.
¡Ay de mí! En tinieblas estoy. Desde el primer día me dejaron sola y mis pasos fueron caídas. Obscuridad envolvió mis ojos; telarañas los cubrieron, y sobre ellos creció espesa la carne.
Quiero ver.
En medio de esta negrura, algo hay que me guía. El disco ya no se aleja con tanta rapidez. Se me figura que está quieto... No. Se desvía; pero suavemente, sin malignidad.
Quiero ver. Quiero oir. También este silencio enfría y agobia, como montaña que oprimiese mi pecho.