Una voz desmayada, susurro de un espíritu, que no forma acentos, que es música sin notas, me rodea.

Aliento que no sé de dónde viene, que se mete por entre mis labios, me conforta. La obscuridad es la misma, y sin embargo mis pupilas recogen partecillas de rayos invisibles que sólo en mi interior alumbran.

Quiero seguir andando, llegar á cualquier parte, siempre que vaya en dirección opuesta á mi morada antigua.

Porque yo moraba en paraje horrible.

No lo sabía; y moraba en un cenagal, y mi cuerpo pesaba mucho, á fuerza de estar cubierto del espeso limo.

Ni percibía siquiera las sabandijas de sepulcro que reptaban sobre mi piel, y al través de ella buscaban mi alma. Á veces salía del charco y me extendía, para secarme, sobre abrasada arena; entonces los escorpiones hacían presa en mí, y la sed retostaba mis labios, hasta punto de agonía.

Y pensaba yo, en mi error, que las sabandijas y los escorpiones eran hermosos.

Por lo cual más baja estaba yo que ellos.

Torpe era, y sobre mis párpados llevaba excrecencias que no me dejaban abrirlos.