Y no serviría que yo por ahí preguntase: “¿Habéis visto al que deseo?” Porque la gente, divertida en pensamientos de vanidad, no me entendería, que no sabe lo que es amor.
Tendrías que volverte y llamarme por mi nombre, con silbo de zagal á oveja muerta de cansancio.
¿Qué es esto? ¿Mi nombre pronuncian?
¡No hay duda, mi nombre; la música deleitosa del nombre propio dicho con acentos de amor!
“¡Clara! ¡Clara mía!
No te detengas, esposa: la tarde declina, brillan las hogueras en las majadas.
No te detengas: el lobo se prepara á salir de su escondrijo.
No te detengas: yo aguardo en la linde del bosque, y mi casa está enramada de rosas purpúreas, cuyas espinas te clavaré para que gimas de dolor celeste.
¡No te detengas, apresúrate!”