Hiéreme hasta que salga de mí misma y me disuelva en ti y en tu regalo.
Hiéreme con la entrañable herida.
No me arañes la piel; hiere en lo central y hondo del alma, y quema y haz cenizas cuanto no eres tú.
Si aún queda algo ajeno á ti, purifica con el cauterio ese residuo.
No he de ver sino tu faz, que es el sol.
No sufres tú que me reparta; no cabe ni lo más limpio si te quita un átomo.
Ni el amor tolera reparto; que si no es todo, no es amor.
Y si permites que así te quiera, dame fuerzas para llevar el peso del bien, á mí que soy débil y caigo rendida.
Si me levanto de noche y te busco y no te hallo, podré creer que tú también me abandonaste.