Mi hermosura ofenderá su vista.
Me ha dado el eterno amante un resplandor de rostro, un aderezo, que lo ha vuelto más cándido que los jazmines; blancura de humilde fe. Me ha puesto más colorada que el rubí espinelo; porque el calor del amor me enciende y aviva mi esperanza.
Las caras de los que viven en el mundo me son odiosas; yo conmigo y con el que se ha apiadado de mi larga pena.
Yo conmigo y con el que no miente ni revuelve en su boca engaño y falacia.
Ya sin mí, pues he de darme tan por entero que no me quede ni sombra mía.
Ni la que era soy, pues ya donde encovaba el dragón nace junco y espadaña, y en el alma sin refrigerio de gracia brota la esperanza tan verde.
No me conocerían los que saliesen á cerrarme el paso: he cambiado del todo, y mi habla también. Me tendrán por extranjera, y ellos ya no saben la senda por donde se va á mi morada.
¿Qué tenían tus otras esposas; dímelo, eterno y leal amigo á quien voy? No más de un alma; un alma también.
Con la misma dote nos recibes, con igual ajuar.
Hiéreme á mí como á ellas las heriste, con llaga que no tiene cura.