—¿Estado?,—repitió él, sin comprender. ¿Qué novedad era aquella? ¿Se habría arreglado lo de Silvio?
—Estado... Voy á retirarme á un convento.
El choque fué violentísimo. Luz brincó de sorpresa en el sillón, que había recibido, en dilatadas horas de trabajo y quietud, la impronta de su cuerpo. Sin embargo, algo parecido á lo que oía se le había venido á las mientes en los últimos tiempos, y determinaciones más trágicas había recelado. Formas del no ser temía para Clara: ésta, sólo como una centella de extravagancia le había cruzado el cerebro. Le asombraría quien le recordase que él mismo había enseñado á Clara la definitiva verdad, la verdad mística por excelencia, en un experimento modernísimo de laboratorio.
Sobresaltado, Luz despotricó como un demente.
—Vamos, ya te pescaron, ya hicieron presa en ti... ¡Tus frecuentes salidas de esta temporada eran á la iglesia, y allí habrás tropezado con algún cura ó fraile listo, con un intrigante!... La mujer es materia dispuesta para tales cosas... Ea, sepamos el nombre del embaucador; ese no desconoce la cuantía de tus rentas...
Fruncido el entrecejo, desdeñosos los labios, Clara pronunció con lentitud categórica:
—No me crees tú capaz de mentir. ¡He ido á la iglesia espontáneamente, porque... se me ha ocurrido; he resuelto lo que he resuelto, antes de haber cruzado palabra con nadie acerca de... de estas cuestiones; me he arrodillado en el confesonario ayer por... por primera vez, desde hace años! Y allí, allí mismo, no he dicho palabra de mis planes. Ya quedas enterado, ya sabes tanto como yo.
Luz se cogió desesperadamente la cabeza entre las manos, silencioso. Apoyaba los codos en el tablero de la mesa, atestada de papelotes y libros, y su pelo revuelto, desbordándose de los dedos convulsos, que se incrustaban en el cráneo, le daba semejanza con una figura plañidera de titán aherrojado, vencido.
—Vamos, un poco de valor—murmuró Clara...—¡Yo te querré igual desde... desde allá, padrino! ¡Sólo por ti sentiré dejar el mundo, que ya sabes que vale... bien poco!—añadió con repentino alarde de humorismo, llegándose al Doctor é intentando besarle en la frente, cubierta por los mechones de la melena.—Luz se retrajo con una especie de gemido, y al separarse los dedos, pudo ver Clara los ojos, á la vez húmedos y ardientes, la cara desencajada de dolor.