—Imposible parece que tú...—murmuró; pero el Doctor, brusco y enloquecido, la rechazó, haciendo un ademán insensato.
—¿Yo? ¡Sí, yo debo alabarte la ocurrencia! De ingratos estaremos rodeados siempre; de ingratos, de sordos, de impíos. ¡Vete, vete! ¡Déjame abandonado, á mis años, con el recuerdo de penas muy crueles, que no te he contado jamás! ¡Déjame, destrozado, al borde del camino, y vete á cantar cánticos! ¡No tienes nada debajo del lado izquierdo del pecho, ni me has querido en tu vida!
—Tranquilízate, padrino mío, por favor—repitió Clara dos ó tres veces, como si aquella invitación á la tranquilidad se la dirigiese á sí propia. Luz proseguía, desatado:
—¡Yo no he antepuesto nada á ti! Hasta mis aspiraciones á dejar mi nombre unido á algún adelanto, me importaron menos que tu bien. ¡Ya ves si te quiero! Todo por ti... ¿Tienes algo de que acusarme? ¿He mostrado egoísmo nunca?
—¡Te estoy agradecida... infinitamente agradecida!... No me pesa sino afligirte... Si no me has enseñado á conocer á Dios, padrino, ha sido... porque creíste que no lo necesitaba. En eso te equivocaste, pero sin mala intención. Cuanto pudiste y supiste, otro tanto me diste. ¡Mi... misma conversión es obra tuya!
Luz se levantó, echó atrás su melena leonina, y súbito envolvió á Clara en los poderosos brazos, apretándola hasta sofocarla.
—Te digo que no te irás—balbuceaba, perdida del todo la serenidad que su guerrera profesión y sus hábitos de labor científica le habían infundido siempre.—¡Te digo que no te irás, que no te apartarás de este viejo, que tengo el medio de que no te apartes! ¡Y no lo harás, no me dejarás solo, aunque te hayas vuelto tigre! Clara, Clara... ¿Cómo no lo has sospechado? ¿Cómo no lo has adivinado? No se trata de abandonar en sus últimos años á tu padrino, á tu tutor... Soy tu padre. ¿Lo oyes? ¡Soy tu padre! ¡Tu verdadero padre, el que te ha engendrado, á quien debes el ser!
Ella no dió un grito ni trató en el primer instante de desenramarse de los brazos... Dijérase que, sin saber aquella verdad atroz, la cobijaba en la conciencia, y sentía que perturbaba el culto del pasado, el sagrado culto de los muertos, el primitivo. Por algo habíale sido indiferente siempre el recuerdo del padre presunto, cuyo nombre tantos años llevó; por algo á la memoria materna había dedicado no sé qué nostálgica ternura, más de compasión que de veneración. Comprendía ahora la causa secreta de su especial manera de sentir, de sus exaltaciones pasionales, incorporadas á la masa de la sangre hereditariamente, desde las entrañas que la concibieron entre remordimientos y temblores, en hurto y delirio; y tan hondo se le había hincado ya á Clara el dardo de su nuevo espíritu, que su primer pensamiento fué para el alma de su madre, impurificada, separada del cuerpo antes de la expiación.—“Yo expiaré por ti...”—Y despacio, sosegadamente, anegada en llanto, llorando la culpa ajena, se desvió del médico.
Luz se engañó respecto al manantial de aquellas lágrimas y se precipitó suplicante.
—¡Tu madre era muy buena! Mejor, mejor que cuantas mujeres he conocido. Sólo respeto merecía; si alguien procedió mal, fuí yo. Es decir... mal no procedió nadie... De esas cosas... Si me permites que te refiera...