Clara hizo un ademán de infinita nobleza: extendió la mano y la apoyó abierta sobre la boca anhelosa, barbuda. El padre la devoró á besos ávidos.
—¡Ni palabra!... ¡Ni palabra! No soy yo quien ha de tomar cuentas, no soy yo quien puede acusar ni excusar. Mi madre era más buena que yo; sabes que no lo digo por hipócrita afán de rebajarme. Soy indigna de mi madre y también de ese cariño tuyo. ¿Ves cómo el mundo no es mi puesto? Perdóname. ¡Perdonémonos! Necesito ser perdonada.
Al hablar así la Ayamonte, pagó al autor de su vida el abrazo. Aquellos dos seres, unidos por el más fuerte vínculo—una misma carne, dos espíritus de esencia tan distinta,—permanecieron buen trecho abrazados, enviándose calor de consuelo contra el frío de la inevitable desgarradora escisión. Y cuando Clara, deshecha en suspiros y en sollozos se desenraizó y traspuso el umbral, Luz no hizo nada por detenerla. Se echó en el sillón de nuevo, idiota de estupor y de espanto, pesaroso ya de haber dejado volar su secreto, ave sombría, por la ventana de la boca.
Los primeros días que siguieron á la grave confidencia fueron de tregua; de esos períodos en que el destino parece detener su paso y dejar que nuestro existir corra indiferente. Ni Clara ni Mariano Luz volvieron á referirse á lo hablado: lo evitaban como se evita tocar á dolorosa llaga. Extremaban, en cambio, recíprocamente, las consideraciones afectuosas, llegando á la exageración, síntoma peculiar de ciertas situaciones difíciles; se diría que en archisensible balanza pesaban las palabras y hasta los gestos, por no provocar conflictos. Había dejo de tristeza y honda preocupación en dichos y hechos, pero disimulado con atenciones, por parte de Luz, más que nunca amante; y por parte de Clara, con respeto y significativa dulzura.
Corrida una quincena, Mariano empezó á vislumbrar una chispa de esperanza por el favorable cambio que creyó observar en las costumbres de la convertida. Clara, á la verdad, tampoco antes había hecho extremos de devoción, ni manifestado en severidades de traje y de aspecto su estado de ánimo; pero ahora parecía haber vuelto por completo á la zarabanda social. El Doctor, al espiarla, como espía, hasta sin querer, la ansiedad del cariño, notó que se dejaba llevar á reuniones, teatros y paseos por las alborotapueblos de Micaelita y su fastuosa y divertida mamá, la de Mendoza; y la ilusión de felicidad, tan agradecida al riego, que no desea otra cosa sino lozanear, lozaneaba. “He temido—pensaba Luz—cosas peores, si cabe, que la eterna separación en vida; he temido el suicidio... y me equivoqué... Puede ser que tampoco sea esto otro..., á pesar de habérmelo notificado. La vida se remedia á sí misma de un modo insensible; se lame las cuchilladas y se las cura.” ¡La vida! El médico tenía en ella fe inagotable. Á pesar de rudos embates, no había podido perderla. Vencido tantas veces por el no sér—el sér, con sus reacciones, sus energías, su potencia oculta ó triunfante, era el numen del Doctor.—Otra razón le impulsaba á confiar en que la tempestad se disiparía. Á pesar del amplia facultad de compresión que se desarrolla en los sabios observadores, Luz no comprendía la resolución de su hija: y al no comprenderla, no creía que se realizase. “Es el sexo—repetía,—es la ley fisiológica... Es la curva de la calentura del desengaño... Eso tiene su ciclo, su desarrollo fatal. ¡Monja! ¿Acaso persiste en tal idea una mujer como Clara? ¿Acaso se renuncia así á todo? ¿Suceden ahora, en nuestra época, cosas sólo vistas en libros devotos, en tallas de retablo?” Experimentaba la incredulidad del hombre en plenitud de vida ante la idea de que la gente se muere, y de que él también se ha de morir.
Le cegaba además la influencia que en su juicio ejercía la profesión. Inteligentísimo y naturalmente bueno como era, no podía alcanzar, sin embargo, más allá de lo que permitía la índole de sus serios, útiles y circunscritos estudios. Era el límite forzoso, inevitable. El sentimiento, en Luz, no alcanzaba la refinada complejidad que revestía en su hija. Tocaba, manejaba, aliviaba males y miserias del cuerpo; el dolor de lo infinito no sabía estudiarlo.
Siempre que se encontraba en presencia de ese dolor raro y sublime, lo maldecía. ¡La madre de Clara—á quien había adorado con tal vehemencia y exclusivismo—sentía ese dolor en forma de remordimiento y pesadumbre de cada hora, un reconcomio que fué minando su salud y contribuyó no poco á acelerar su prematura muerte! Recordaba el Doctor sus infructuosos esfuerzos para sosegar la pobre alma aterrada, la pobre conciencia estremecida, con un género de terror y de estremecimiento que no se originaban de haber ofendido y engañado á ningún hombre, de haber quebrantado ninguna ley humana, sino de haber olvidado lo infinito, encenagándose en felicidades de arcilla. Ni entonces ni ahora, cuando con tan patente atavismo reaparecía en la hija el espíritu de la madre, dejaba Luz de atribuir el fenómeno á la materia, menospreciada por las dos idealistas; á las leyes orgánicas que la rigen y regulan. ¡El sexo! ¡La fisiología, fuerzas vitales, actividades desconocidas de células! De este concepto de los fenómenos afectivos que sufre la mujer, dimanaba el curioso criterio pedagógico que había presidido á la educación de Clara. Al contrario de lo que se hace con la mayoría de las muchachas, á quienes se inculca esmeradamente el recato y la grave responsabilidad en que incurren al perderlo, á quienes se enseña una religiosidad que los varones no practican,—á Clara, como si la preservase de un contagio, la había aislado el Doctor de tales influencias y prevenídola contra ellas.—Á ser posible, el Doctor practicaría á Clara la extirpación de la conciencia religiosa y moral, para evitarle la tortura del escrúpulo, la protesta del ideal, el terror de la falta, la amargura espiritualista. Se vive mejor en las regiones bajas, mullidas de vegetación, del puro instinto satisfecho, que no clava su aguijón en el espíritu. “Instinto es lo que da guerra á Clara—pensaba él;—pero instinto transformado, complicado. Cuando se producen estas reacciones de religiosidad en la mujer, es que quiere olvidar amor falleciente, ó combatir amor naciente. Pero si vuelve al mundo, como está volviendo ella, es casi infalible que encuentre derivativos y vaya á la normalidad.”
No era fácil que Luz se diese cuenta de su error. Las dos almas de mujer (de las que más había adorado en el mundo), lejos de equivocarse confundiendo la conciencia y la pasión, se equivocaron al entrar en los infiernos pasionales, donde encontraron la maldita llama y los sabores de ceniza de las manzanas del Mar Muerto. El Doctor, en el transporte instintivo de su cariño, había pretendido inútilmente cerrar á Clara el camino de la gran verdad. No necesita esta verdad, que es la esencia misma de ciertos espíritus, que la inculquen ni la prediquen. Aparece, se abre paso á despecho de todo, y un día campea entre las espinas y las rosas, más alto que ellas, el tallo recto de azucena blanca. Ley tan profunda y misteriosa como la que hace germinar el bulbo de esta flor pura, se cumple al erguirse dentro la responsabilidad y la pena de haber delinquido. De esta clase de afecciones, Luz nada sabía; había procedido con Clara, por ternura y celo, como procedería su enemigo mayor. Más allá de la ciencia, el arcano de un alma superior, su exigencia insaciable, insatisfecha, se le escapaba al sabio en la doctrina de curar y preservar el organismo. Pastor engañado, por esconder á la querida cabritilla la montaña y sus alturas, la había conducido entre matorrales pinchones y desgarradores, y ahora la veía, sangrienta y jadeante, huir, huir. Invocando, sin saberlo, el auxilio de los enemigos del alma, de las fuerzas secretas del pecado, que actúan sobre la decaída humanidad, el Doctor fiaba en aquel mundo donde veía agitarse á Clara otra vez, y en el cual los anhelos íntimos se extinguen, las aspiraciones hondas se calman, el sentimiento es objeto de ironía, y la vanidad, infladora de globos, lo llena todo con su aire cálido.