No sin gran satisfacción supo que aquel diablillo de Micaelita, y el torbellino de su madre, en quien el prurito agitante crecía con los años, se habían apoderado de Clara y la zarandeaban más que nunca. Volvían de pasar en Sevilla las ferias, y Adolfina se dedicaba á pilotear en Madrid á varias extranjeras que había conocido allí, amigas también de la duquesa de Flandes. Eran inglesas, elegantes y excéntricas, curiosas, ilustradas y fútiles á la vez. Invitadas á una comida de aparato en la Embajada Británica, se contó con Adolfina, y para el aprés dîner, con Clara, que se presentó, por cierto, bien prendida y más guapa que de costumbre, luciendo un traje primoroso de raso fofo azul, golpeado y franjeado de bordados zafireños, envío reciente de un maestro en costura. En aquel sarao, las extranjeras, entre las cuales se contaba la renombrada lady Mortimer, contrajeron de esas superficiales relaciones mundanas, basadas en gustos de sport y en comezones de galanteo. Dos ó tres muchachos de la alta, que empezaban á olfatear el automovilismo, entonces muy exótico en Madrid, se ofrecieron para acompañar á las inglesitas en sus excursiones al Escorial, Aranjuez, Avila, Toledo, Segovia, amén de castillos y cazaderos donde las invitarían y agasajarían. Se preparaba un fin de Mayo y un principio de Junio de diversión aristocrática, entre un grupo escogido y contado.

—Figúrate—decía Clara al Doctor, que embelesado la escuchaba—cómo estará de hueca Adolfina; hasta la fecha, no había conseguido ligar enteramente con ciertos cotarros. Las inglesas le han echado un cable. ¡Ver á Micaelita entre Manolo Lanzafuerte, Julio Ambas Castillas, Lope Donado y ese lindo atlético de Werlock, el secretario de la Embajada, un Antinoo que las trae revueltas á todas! Te digo que Adolfina no cabe en su pellejo.—Van á correrla por ahí. Para la primera correría, ¿no sabes? estoy invitada.

Decíalo con un brillo de ojos y una expansión de sonrisa irradiadora, que Luz tradujo por alegría orgullosa, placer de vanidad social satisfecha.

—¿Adónde iréis?

—No está resuelto aún—contestó Clara.—Lo decidirán mañana; Adolfina ha invitado á los expedicionarios á un almuerzo en Lhardy.

En el lujoso restaurant se trazó, en efecto, entre buche y buche de brut y bocado y bocado de espuma de hígado graso, el programa de la primer excursión, á la cual concurrirían, además del automóvil de lady Mortimer, un magnífico Panard de Manolo Lanzafuerte, y el Mors de Lope Donado, que se prestó solícito, al enterarse de que se contaba con Clara Ayamonte. Donado, cuya fortuna tenía desportillos, rondaba á Clara desde hacía tiempo, atraído por el caudal sano y jugoso y también por la mujer, que se le había mostrado formal, quieta, reservada, en grado humillante para sus pretensiones. La conquista de Clara, por lo legal ó lo ilegal, era ya empeño, no sólo de interés, de amor propio. Contaba con la libertad, el roce y las ocasiones del viaje.

La víspera de la expedición, Clara estuvo con el Doctor derretida en cariño, cual si quisiese compensar los cortos días de ausencia anunciados.

Esto á lo menos discurrió el padre, que con tal avidez recogía, desde la decisiva conversación, los indicios del sentimiento que Clara podía profesarle. Bebió,—lo mismo que se bebe el cordial que ha de devolvernos fuerzas y en ellas la vida,—aquellos halagos dulces, aquella humildad tierna y sumisa con que Clara le dirigía la palabra; aquel afán pueril de no separarse ni un minuto de su lado, de apoyarse en su hombro, de mirarse en sus ojos, de mimarle. Luz pagaba estas demostraciones extremosamente. En su deseo de identificarse con Clara, quiso que le enseñase el traje de camino, de masculina forma, el amplio abrigo-saco color polvo, el sombrero de fieltro, donde gallardeaba un pichón con las alas extendidas.

—¿Á qué pueblo, por fin?—preguntó.