—Creo que la Mortimer quiere empezar por Ávila—declaró ella con velada voz.—Y oye: mucho sentiría tener que ponerte un telegrama llamándote para componerme alguna fractura. Porque me enchiqueran en el automóvil de Donado...

—¿Tu adorador?—preguntó Luz alegremente.

—Sí... El mismo.

—Te cuidará...

—Al contrario... Querrá lucirse como chauffeur, y nos estrellaremos—murmuró Clara siguiendo la corriente de la broma.—Yo tampoco soy muy prudente; me gusta llegar pronto, ¡mejor cuanto más pronto! y seguramente le gritaré todo el tiempo á Donado: “aprisa, aprisa...”

Tal es la sugestión del acento amado, que las restantes preocupaciones de Luz se borraron ante la que Clara acababa de suscitar; y lo único que oprimía su corazón al despedirse, á la mañana siguiente—al recibir un abrazo extraño, violento, nervioso, al sentir bajo el velo tupido, alzado un instante, humedad y calor de labios que se imprimían fuertemente en sus barbadas mejillas,—era la amenaza del peligro físico, la idea aterradora de un vehículo hecho astillas, gravitando sobre un montón de carne magullada y rotos huesos.

“¡Cuidado!”—suplicó.—Y Clara, silenciosamente, se desprendió temblorosa de sus brazos, bajó la escalera balanceando el saquillo de cuero en que había metido aprisa algunos billetes de á cien y una carta de letra grande, muy española, de ancho timbre, de basto papel...


En el coche que lleva á la Ayamonte va también Micaelita, ebria de alegría, de velocidad, de travesura y riesgo. Impelido por la presencia de Clara, Donado aprieta, aprieta; propónese “dar chaquetilla” á los otros dos autos, y sorprender á los compañeros con tener ya preparados, cuando llegasen, alojamiento y refacción en Ávila. Julio Ambas Castillas, fijándose por primera vez en que la chica de Mendoza es muy salada, bromea con ella sin cesar; supone lances terribles, accidentes fantásticos, un perro aplastado, un salto mortal, un choque con un toro de puntas. Clara, lejos de asustarse, ríe, anima al chauffeur.

—¡Más velocidad! ¡Toda la que se pueda! ¡Toda!