—¡Qué barbiana está!—piensa Donado.—¡Debe de ser tremenda! ¡Fíese usted! Verdad que en estos viajes es cuando se descubre á las personas. Es, de seguro, una grande, insaciable y valerosa enamorada.
Volaban sin el menor tropiezo, yendo el recorrido lo propio que una seda. Los carreteros y trajineros miraban atónitos al artilugio trepidante, que respiraba con resuello de monstruo y que ni tiempo les daba á enterarse de su hechura. Volaban; los grises poblados, las casuchas aisladas que, como arenas de sal, granean los desiertos de Castilla, las áridas llanuras, los chaparrales y robledos de polvoriento verdor, los trigales frondosos salpicados de gotas de sangre viva por las amapolas, desaparecían apenas entrevistos, mientras el aire torrencial se metía en los pulmones, sofocaba á fuerza de impetuosidad. Ya el paisaje cambia de carácter: la crestería azul de la sierra se dibuja en dentelladuras más agudas, y sobre la inmensa, ilimitada aridez del resquebrajado terruño, ruedan sueltos los gigantescos cantos, recordando desparramados proyectiles de una batalla de titanes. Micaelita, un momento, se asusta de aquel ceñudo y sombrío fondo.
—¡Parece una lámina del infierno de Gustavo Doré!
Ya están al pie de las murallas de Ávila. Seguros de haberse adelantado, moderan el paso para entrar en la ciudad melancólica, adormecida. Su llegada la alborota: la gente sale á las puertas para ver el artilugio, vivo contraste con cuanto la ciudad representa. Delante de la fonda se junta una piña de curiosos, de admiradores, de mendigos, de viejas que columpian la cabeza, se santiguan, desaprueban y rezongan, maldiciendo de inventos y novedades. Es el primer automóvil que ha llegado á Ávila de los Caballeros, á Ávila de los ascetas y los santos, á Ávila del éxtasis; y Donado, haciéndolo notar entre chanzas, habla de banderas como las que los alpinistas suizos clavan en ventisqueros inexplorados.
Cuando después se comentaron las mínimas particularidades de la expedición, que, según lady Mortimer, había de ser para ella inolvidable y digna de referirse en Inglaterra por su carácter eminentemente pintoresco y emocional, español neto, fijáronse en la circunstancia de que Clara, después de recluirse en su habitación una media hora, para quitarse el polvo y arreglar traje y peinado, descendió al comedor de la fonda, que está en la planta baja, y allí, pacientemente, esperó la llegada de los demás expedicionarios. El automóvil de Lanzafuerte quedaba atrás, no se sabe con qué avería. Pero Clara vió bajarse del de la Mortimer á Adolfina, que venía hecha una breva y transida de miedo, y la dijo en tono natural.
—Ahí arriba tienes á tu hija. Está aseándose. Te la he guardado bien.
Y, cambiando algunas frases de cortesía y cordialidad con las extranjeras, subió otra vez á su cuarto. Minutos después bajaba atusada, de abrigo, de sombrero, arrollado al cuello un boa de plumas. Los compañeros de viaje, ó se embellecían recogidos en sus aposentos, ó daban instrucciones á los mecánicos. Clara, en la primer calleja, tomó de guía á un pilluelo, á quien cargó con su saco.
—¡Al convento de Carmelitas descalzas!
La presentación de la carta del Obispo á la Abadesa hizo que la tornera franquease de par en par el portón, rechinante de vejez y herrumbre.
—Nuestra Madre está en el coro—dijo solícita.—Pase; en seguida acaban.—Y las hojas de la puerta volvieron á cerrarse, la llave y los cerrojos á asegurarlas, archivando el arcano de Clara, celando entre sus valvas tristes y ásperas de ostra criadora la perla sentimental.