—“¡Clara, esposa mía! No te detengas: ya declina la tarde...”
(Hojas del libro de memorias de Silvio Lago.)
Junio.—...¡Merece consignarse! La Ayamonte ha entrado en un convento.
Y lo hizo de un modo original. Formaba parte de la expedición de automóviles—creo que la primera organizada aquí,—en obsequio á lady Mortimer, inglesa muy smart, á quien voy á retratar por recomendación de la Flandes, que empieza á lanzarme para mi futura campaña de Londres.—Dicen que Clara iba animadísima, con traje de camino, velo enorme y antiparras abultadas. Hasta aseguran que flirteaba con Donado, en cuyo vehículo hizo el viaje.
Donado batió el record; Lanzafuerte se quedó detenido en una venta, con averías, gracias que no en los huesos. Al llegar á Avila, término de la expedición, Clara subió á arreglarse; apenas llegaron los otros expedicionarios, salió sola y se fué disparada al convento de las Carmelitas. Parece que á prevención llevaba una carta del Obispo para la Superiora, y desde dentro escribió dos: una á su cuñada, expedicionaria también, para que no extrañase; otra á su padrino, despidiéndose. Por cierto que cuentan que está como loco el padrino. Ahí había algo más que padrinazgo.
Á mí, no me ha escrito la romántica novicia.
Encuentro de buen gusto no hacer aspavientos antes de poner por obra una determinación como esa; y me es simpático que Clara huya de las Órdenes modernas, y no quiera ser de las monjas correnderas, que pisan con zapatos gordos, á las cuales nos encontramos en el tranvía y en el ferrocarril, y sabemos que cuidan á los viejos catarrosos ó se dedican á moralizar á las criadas de servir, lo cual será muy santo, pero es pedestre. No; la pálida Ayamonte necesita el ambiente contemplativo, el misterio de las monjas reclusas, de huerto y coro. Su poesía lírica reclama este fondo, en que tanto hay de arte. He de ir á Avila sólo para mirar las tapias y las rejas del convento, donde, probablemente por mi causa, vive dichosa una mujer.
¡Sí, señor; dichosa! ¿No tejemos la felicidad con el hilo de nuestros sueños? ¿No es el mundo quien rompe y mancha el tejido? Clara, ahora, libremente, extiende y goza la rica tela, que debe de parecerse á los bordados góticos de las casullas de Toledo. (¡Los he visto anteayer! ¡Vaya unos bordaditos!)