Envidio á Clara. Se ha realizado.—Por ahí no se habla de otra cosa. La gente anda desorientada. Sospecha, olfatea; pero, en su egoísmo superficial, no ahonda.

Sentiría, la verdad, encontrarme con el Doctor Luz.

De todos modos, ¿qué reproche, qué acusación podría dirigirme?

He procedido bien; he rehusado una fortuna que tentaría á muchos; y, sin embargo, no estoy tranquilo.

Fuerte lazo nos une á aquellos que padecen por nosotros. Líbreme Dios de tratar de ver al Doctor; acaso no vuelva á tropezarme con él en la vida; y, sin embargo, él y Clara existirán para mí, con existencia más real que la de personas á quienes todos los días hablaré. Un hilo invisible, una corriente secreta va de mí á esos dos seres, en cuyo destino he influído tan activamente. Por eso me empeño en creer que Clara es feliz... en su convento, soñando.


Esto no es drama, sino pasillo de risa.

Estoy en el pináculo de la moda. El ahogado runrún relativo á Clara; el probable encargo de Palacio; el retrato de la Flandes, son causa de que se disputen la vez para posar las bellas. Las enemigas que tengo—la Camargo y la Calatrava,—en honor de la verdad, no se han ensañado, quizás porque el odio es una energía incompatible con las vanidades y futilezas. Me llueven encargos; tengo que engañar, como las modistas.

Con exigencia inmediata se me presentó la condesa de Imperiales, y el aplazamiento exaltó su antojo: su amor propio entró en juego. Porfió, rogó, casi lloró; y yo, no sé explicar la causa, me aferré en no darla turno hasta dentro de dos meses.

—Si no puede usted retratarme en seguida—suplicó ella entonces,—por lo menos véngase usted á almorzar conmigo mañana, en confianza enteramente.