Como voy siendo (lo noto y no lo puedo remediar) algo fatuo, se me figuró... Se hinchó más mi fatuidad, cuando vi que habíamos de almorzar en tête à tête. La Imperiales estaba dislocada, nerviosa (eso lo nota siempre quien no es lerdo); apenas comía, hablaba salteado, sufría distracciones y me devoraba con los ojos, á hurtadillas. Es mujer todavía guapa, morena, de tez limpia de artificios de tocador. Sobre su labio, un dedo de bozo la hace vulgar. Sospecho que el bozo este, que amenaza subirse á mayores con los años, ha tenido la culpa de que yo no la quisiese retratar pronto.—Estaba vestida con alta coquetería, con ciencia de lo que conviene á su tez: funda azul pálido muy incrustada de encajes rojizos rebordados de perlitas, entre las cuales flojeaban hilos de amortiguado oro. Dos pesados borlones bizantinos, de perlas verdaderas, colgaban de los remates de su estola.

Confirmó mis suposiciones el estudio de este traje.—¿Qué fué cuando, bebido el último sorbo de café, dada la última chupada al cigarro turco, se levantó, me hizo seña de que la siguiese, y, atravesando salones suntuosos, me condujo á un gabinete en figura de rotonda, con cierre de cristales, que es una diminuta estufa llena de plantas raras? ¿Cuándo vi que cerraba la puerta y daba dos vueltas, firmemente, á la llave? Por fortuna, no cometí la ligereza de corresponder á tan extraña acción con hechos ni dichos, á mi parecer, adecuados. ¡Si lo hago, me luzco!

Apenas encerrados, la dama se volvió hacia mí, y con ademán expresivo señaló á una mesa. Miré, y distinguí hacinados un caballete, una caja de colores, rollos de papel, tableros: los chismes del oficio, nuevos, flamantes, excelentes—(me pertenecen ya, me los ha enviado al taller). En voz emocionada—voz que salía de muy hondo—ordenó la señora:

—Á sentarse, á retratarme ahora mismo; la luz es buena... ¡Sin objeción! ¡No la admito!

Mal repuesto de tal sorpresa, empecé á presentar dificultades: absolutamente no podía; me esperaban en mi taller á las tres y media; me comprometía á volver pronto; daría á la Condesa, sin dilaciones, hora en mi casa, pues tal era su empeño... Pero ella, colocándose delante de la puerta en la actitud de la Valentina de Hugonotes, abriendo los brazos, echando lumbre por unos ojos españoles todavía muy flecheros, exclamó:

—¡De aquí no sale usted, así sean las cinco de la madrugada, mientras no me haya retratado! ¡Que no sale, he dicho! Á menos que emplee la fuerza... Á menos que me pegue...

La situación no era para tomada por lo trágico. Mejor reir. Ella también reía, con enervante risa, que la obligó á sentarse, á secarse los húmedos ojos. No aproveché el momento para hacer girar la llave y zafarme del compromiso. Decidido, me instalé ante el caballete, busqué la mejor luz, preparé los trastos. En la vida hice retrato con más facilidad, ni encajé tan á gusto, desde los primeros toques de color, la figura. La Imperiales, extasiada, repetía:

—No se preocupe porque hayan ido al taller y no le hayan encontrado. ¡Mejor! Volverán más entusiasmadas al día siguiente. Las mujeres somos así. Yo, si usted me concede el retrato cuando fuí á pedírselo, ¡pchs!, ni me da frío ni calor... Desde que me lo aplazó hasta sabe Dios cuándo, le aseguro que me entró una especie de manía, un afán tan desmedido, que si no lo consigo creo que caigo enferma. No he sentido nunca, en los días de mi vida, en ningún caso, emoción como al prepararle esta encerrona... Fíjese: los peluqueros y los modistos más insolentes son los que más partido tienen y más caro cobran. ¡Hágase desear! ¡Remóntese!... ¡Sea inaccesible... ahora que yo logré mi capricho!