Tenía razón la antojadiza. Cuanto más impertinencia, mayor prestigio. Lo malo es mi pícara condición, mi incapacidad de ahorrar, por lo cual tengo que admitir trabajos que no me dan tono. No puedo, como ciertos modistos, escoger la parroquia. Ayer retraté (detestablemente) á una chamarilera, á quien debo aún mi Madona estofada y dorada. El retrato irá por la antigualla, y en paz. En la escalera se habrán cruzado la anticuaria, que bajaba los peldaños, y una cliente excepcional, embutida en el ascensor. Me la había anunciado la Flandes, que la trata mucho; y en casas remontadas he oído comentar su próxima venida á Madrid. Es del número de las aves de paso, de primavera. Ahora procede de Sevilla; á Sevilla se vino desde París, donde reside.
Tiene aquí amigos de los más encumbrados esta María de la Espina Porcel—Espinita, familiarmente. Es andaluza por parte de padre, mejicana por parte de madre, parisiense por residencia habitual y gustos; yo la llamo “la cosmopolita”. Me anuncia su presencia un ruge-ruge de sedería, de volantes picados y escarolados, un taconeo atrevido y menudo, un golpeteo de contera de sombrilla larga sobre el entarimado del pasillo, y comparo esta entrada bulliciosa con la majestuosa de la Flandes, y la bocanada de jaquecoso perfume, compuesto de varias esencias, que penetra al mismo tiempo que Espina, al olor discreto de violetas, apenas perceptible, que la rica hembra exhalaba á cada movimiento de su señorial persona. No puede ser más vivo el contraste entre estos dos recuerdos.
Espina, desde el mismo punto en que se me aparece, es una revelación.
Se diferencia de cuantas señoras he retratado en América y en España; es la mujer de una civilización avanzada, refinada y disuelta ó ¿descompuesta? en la decadencia artística. Sobre un plantío de garbanzos, Espina surge como una de las más raras orquídeas que se cultivan en las estufas calientes. Muchas veces me he dicho en mis soliloquios:—“¿Cuándo me veré lejos del garbanzal?”
El garbanzal es Madrid. La estufa, París. París, simbolizado por Espina, acaba de metérseme en el estudio.—De fijo las madamas que antes he retratado visten en París igualmente; sus corsés, sus zapatos, su ropa interior, sus postizos, de París procederán; sin embargo, no son así, no son como Espinita... Al cambiar con ella las primeras frases de acogida y saludo, me ocurre que si mis pasteles pudiesen hacerse carne viva, carne sin músculos, sin venas, sin hueso, con nervios solamente—una carne artificial,—encarnarían en esta mujer. Percibo en ella, bajo su estilo ultramodernista y decadente, elementos de la mentira estética de otras edades. Sonríe como un Boucher y pliega como un Vatteau.
El efecto que me produce no se le escapa. Descifra mi contemplación y la interpreta como suele interpretar la vanidad del sexo. Crece su aplomo.
—¿Vengo á mala hora? ¿Espera usted modelo? ¿Tiene dada sesión?
¡Sí que la tengo dada! En mi carnet figuran los chicos de Jadraque, la señora del Ministro de Estado, ¡la propia Lina Moros! Y contesto apresuradamente:
—No importa. Ya lo arreglaremos.