No me da las gracias. Sin duda halla natural que por ella quede mal con todo el mundo.

—Haremos—la propongo—un ensayo, un boceto, y me lo guardaré yo para mí; luego otro, destinado á usted; y si no la agradase, cuantos desee.

¡Si lo sabe la baronesa de Dumbría, que me echa una filípica siempre que retrato gratis á alguna de estas “estrellas con rabo”!

Espina indica mohines, reverencias—entre burla y gratitud.

—Amabilísimo... ¿Empezamos?

Se instala frente á mí, en un sillón Luis XVI, forrado con tela de desvaídos tonos amarillo y violeta. Emprende la operación de descalzarse los guantes. Son de esos guantes largos y flexibles que no tienen botones, que guantean dejando á la mano y al brazo soltura, acusando hasta las uñitas. La contemplo. Me acuerdo de Lina, y comparo. Ésta no es un tipo de belleza; sus líneas no evocan reminiscencias clásicas. Hasta diré que carece de líneas. La línea, en ella, es algo tan flexible y muelle como ese guante de tonos neutros, de corte facticiamente elegante, distinto del de la verdadera mano.

Mientras preparo los chirimbolos, Espina, con sazonada y picante menestra de frases, con indiscreciones y reticencias divertidas, va rompiendo el hielo. Listo como soy para entender á media insinuación, la calo; creo reconocer en ella á la criatura amasada de vanidad y antojos, pero infalible en estética femenil. La veo anestesiada para el sentimiento; y con histérica sensibilidad para el refinamiento del lujo delicado, del arte de vivir exaltadamente, agotando el goce. Sus ojos de color de aventurina, de contraída pupila, no sabrán llorar, pero ¡mejor! Me detallan implacables; me miran como la fierecilla á la presa. ¡Mejor, mejor! Desmenuzan mi taller, y en él lo encuentran todo tan feo, tan menesteroso, tan ordinario. ¡Mejor! Así me afinaré yo también. Miradme, ojos perpetuamente exigentes y descontentos.

No es un traje, unos guantes, una armonía de exterioridades, lo que se me impone en mi nueva parroquiana. Es el espíritu de desencanto, de inquietud, de desprecio, de insaciabilidad,—es el ideal maldito que supongo en ella. Trajes, galas... se las planta cualquiera; la superioridad no está en vestir como se viste en las decadencias, á lo bizantino y á lo arcángel; está en tener el alma, ávida y exhausta á la vez, que las decadencias, forman. ¡Gracias á Dios! Una mujer que me divierte.—Con Espina no sentiré los accesos del mal del retratista, el aburrimiento de la sesión.—Cada palabra, cada ademán, me irrita, me conmueve, me produce un sentimiento no previsto.


Vuelve al día siguiente. Es cosa convenida que se despedirá á todo el mundo, con una sola excepción: el marqués de Solar de Fierro, á quien la propia Espina ha citado aquí.