Este señor, versadísimo en antigüedades, ha venido ya á mi taller dos ó tres veces cuando retraté á su nietecillo, prodigio de belleza. Pero ha de saberse que el abuelo es casi más guapo que el chiquillo. Con su cutis marfileño y rosado, de vitela ligeramente tocada de miniatura; con su plateada trova, enrollada alrededor de un rostro oval, sereno, esclarecido por ojos azules, limpios como los de los niños; con su facciones de una precisión gótica, exquisita, de San Juan de retablo, es el marqués de Solar de Fierro otro objeto de arte, al cual el paso del tiempo ha comunicado esa gracia de distinción que nunca lo contemporáneo tiene. Viste el marqués con románticos dejos, del romanticismo extranjerizado, atildado, culto, intelectual, estilo Madrazo. Posee colecciones importantes y afamadas, y en las casas de anticuarios se lo encuentra uno siempre: son las únicas matinées á que concurre; se sienta en las pacíficas trastiendas, en sillones de cuero sobado, y allí, tertuliando con los demás, aquejados de igual manía, charla de adquisiciones recientes, de falsificaciones, de descubrimientos inauditos en algún poblachón, de soberanos chascos á los inteligentes,—las solas historias que les interesan.—Todo entre el brasero y el gato, en calles angostas del viejo Madrid. No conozco nada más garbancero que las reuniones de casas de anticuarios.

La amistad del marqués con Espina, de este arcaizante con esta modernista, nadie sabe de cuándo procede, y sobre su origen hay varias versiones. Unos dicen que el marqués, antaño muy tenorio por lo fino, se entendió con la madre de Espina; otros, que Porcel, padre de Espina, sacó al marqués de graves apuros económicos. Lo cierto es que apenas llega Espina á Madrid, el marqués prescinde de sus tertulias de gato y brasero, se lanza al mundo, acepta invitaciones, se olvida del reúma y demás alifafes, y sale hecho un cadete. Verdad que las apariciones de Espina coinciden con la primavera.

Solos todavía la cosmopolita y yo, trabajo en adelantar el estudio de la cabeza. Es el primer retrato, el que proyecté boceto, y está saliendo con todos los requisitos. Espina viste traje de calle, sencillo, gris: no consiento que deje de sombrear el áureo pelo la enorme ala del sombrero, de negro tul rizado. Guiñando los párpados, recogiéndome, la examino bien, me impregno de su forma y de su color. ¿En qué consiste su encanto?

¡Su cara, su cuerpo, pchs! Sus ojos avellana, en que parecen hormiguear puntilleos de oro, ni son grandes ni dulces. Su nariz respinga, delatando algún plebeyo atavismo. Su boca ya sonríe juguetona, ya señala un pliegue de tedio desdeñoso. Su pelo de luz no lo debe á la naturaleza, sino al peluquero, á botecitos de aguas y mudas. Afeite debe de ser también lo que presta á sus mejillas, hundidas imperceptiblemente, ese toque tan puro, esa idealidad de lo florido sobre lo nacarado, y á sus labios pequeños, carnosos, sinuosos y húmedos, ese tono de coral marino entre agua amarga—demasiado vivo, insolente.

Su ropa sólo se diferencia de la que gastan las demás señoras que me visitan, en que parece inseparable de su cuerpo. Se enrosca y ciñe con tal esbeltez á él, que en cualquier postura que adopte, los pliegues hacen olvidar la tela. Lleva las faldas muy largas, pero ni tropieza ni se atasca en ellas; las maneja con soberana maestría. Son tan blandos los tejidos y van tan fundidos en la tela los adornos, tan difumadas las degradaciones de color, que el gentil bulto parece terminar en una bruma, en la molicie de un jirón de niebla pronto á borrarse.

Las damas de Madrid llaman vestir bien á encargarse ropa cara y enfundarse en ella. Desde que he visto á Espina, se me descubre la mujer moderna, la Eva inspiradora de infinitas direcciones artísticas, agudamente contemporáneas.

En un descanso que ella misma reclama, saca de su escarcela de piel ceniza, toda cuajada de capitolinos de rubí claro y diamantes menudos, una petaca y una fosforera de oro verde, decoradas con lirios de esmalte, primoroso modelo artístico. Pido las joyas para admirarlas y apreciar de cerca el lujo intensivo y exasperado de la cosmopolita. Hasta los cigarros son especiales: según me dice, se los fabrican en Egipto expresamente. Enciende uno y me lo presenta. Fumamos, risueños, libres por un instante del trabajo y de la pose.

La cachorra danesa, que dormía en un rebujo de tela antigua, sobre un almohadón roto, despierta en aquel punto, y se acerca, entre desperezos de á cuarta y ladridillos de queja mimosa, esos lamentos histriónicos de los animales privados, cuando no se les hace caso á ellos exclusivamente. Echa la boca á la niebla que envuelve los pies de Espina, y empieza, á mordiscos y tirones, á destrozarla. Me precipito, cojo en brazos al animal, le doy un coscorrón.

—¿Qué haces, bobita?—exclamo.

—¿Es hembra?