—Por desgracia.
—¿Cómo se llama?
—No está bautizada aún.
Espina brincó del asiento.
—Ahora mismo la vamos á bautizar.
Y batiendo palmas de alegría, llamó á mi criado, le dió órdenes reservadas; yo, naturalmente, las adiviné. No me sorprendió ni pizca ver entrar un cuarto de hora después al muchacho, portador de una botella con cápsula dorada, y de dos copas anchas, sobre delgado tallo de cristal.
No fué fácil la tarea del descorchado; faltaba cortaalambres y tirabuzón; nos divertimos con las dificultades, como chiquillos. Al fin el corcho saltó, hecho un rehilete, y fué á pegar en la misma nariz del retrato de Lina Moros—el famoso retrato vestido de terciopelo miroir amarillo.—Las carcajadas de Espina redoblaron, incoercibles.
—¡Estropeada la obra maestra!—gritó triunfante. ¡La gran obra maestra! ¿Y si la bautizásemos también?
Según lo dijo, así lo hizo. Tomó la copa de Champagne, colmada, y en pleno la arrojó á la faz morena, al escote mórbido, á los ojos negros de la beldad. Me sentí trepidar de rabia; pero una mezcla de encontrados movimientos del alma me paralizó. Mi impulsión era tan brutal—como que se reducía á pegarle una bofetada á la señora,—que su misma violencia sirvió para contenerme. La noción relampagueante de las consecuencias de un acto tremendo impide realizarlo. Muchos crímenes morirán así en capullo.—Casi instantáneamente, la reacción fué encontrar “chic” la enormidad descortés. ¿Qué, después de todo? Rivalidades de mujeres; envidias... ¿Quién sabe si algo más?
—Es un experimento que hice—dijo acercándose á mí y presentándome la copa llena de nuevo.—Se corre que está usted enamorado de Lina. Si fuese cierto, me hubiese usted matado.