Y, sirviéndose en la otra copa, mojó en ella los labios ligeramente, hizo un gesto donoso para indicar que la marca era detestable, y tomando en brazos á la cachorra, derramó por su cabeza y sus sedosas orejitas un chorro líquido. El animal, al llegarle el vino espumoso y azucarado al hocico, se estremeció primero y se relamió después.
—¿Y el nombre?—pregunté subyugado.
—Bobita. Así la llamó usted antes... Bobita for ever.
Había terminado la ceremonia cuando entró el marqués de Solar de Fierro. La vista del retrato de Lina, churreteado, perdido, le hizo exclamar:
—¡Válgame Dios! ¡Buena ha quedado la reina de las hermosas!
—¿Quién la puso tal mote?—interrogó sardónicamente Espina.
—Mucha gente. Y nuestro joven artista ha consagrado su fama, retratándola seis ú ocho veces, por el gusto de estudiar á un modelo así.
—No han sido sino cuatro veces—protesté,—y otras tantas he retratado á Minia Dumbría, que no es ninguna belleza.
—Y á mí, ¿cuántas me va usted á retratar?—preguntó Espina.