Rendido, murmuré:

—Las que usted quiera.

—¡Bah! Puede usted comprometerse. No tengo yo tanta paciencia para la sesión como la reina de las hermosas. ¿Cuatro pastelitos? ¡Eso, al repostero! ¡Estúdieme usted primero, ya que se le antoja; luego retráteme en serio una vez, si puede, y luego... frrrtttt! Aquí, por lo visto, á la gente la sobra tiempo. En París vivimos más aprisa.

Sin duda con objeto de poner paces, el marqués nos propuso que fuésemos á almorzar á su casa. Vive solo; tiene buena cocinera, criado antiguo, ama de llaves, una grave dueña que pisa tácito. Aceptamos. El coche de Espina aguardaba á la puerta; nos llevó.

Teníamos un apetito estimulado por la novedad del convite. Fué escogida, discreta la minuta. El servidor es viejo, rasurado, de facha sacristanesca, y la dueña tiene una cara de luna, tranquila, monástica. El comedor luce dos grandes lienzos de cacería de jabalíes, atribuidos á Pablo de Vos, con alanos despanzurrados y fondos intensos, jugosos, de troncos y verdura. Pocos platos colgados; pero esos pocos, según me explica Solar, se cuentan entre los rarísimos, hispanoárabes auténticos, por los cuales se pagan miles de pesetas. Uno sobre todo, el Triunfo del Ave María, me enamora con su reflejo desdorado y moribundo, de poniente, y la gracilidad de su lema gótico. Espina señala con la conterita de la sombrilla al magnífico ejemplar.

—¡Dicen que eso vale tanto! Á mí me gustan más los cacharros que fabrican ahora en Dinamarca y Suecia. ¡Son unas porcelanas lindísimas, con cambiantes como de nácar, y tan originales! Algo de poético, ¿eh? El plato antiguo español recuerda la escudilla. Basto, basto.

¡La que se armó! Creí que excomulgaba Solar de Fierro á la modernista. Se enzarzaron. Espina no se achicó; sostuvo su criterio con intrepidez. Todo es ahora, según ella, doble de bonito que en los tiempos de la nana. Lo antiguo tiene mérito... sólo porque se les antoja dárselo á cuatro señores. ¡En fin, con Luis XV y XVI transigía; pero nada más! Por ejemplo... ¡vaya una decoración para comedor, esos perros destripados y esas fuentes de barro tosco! ¡Diéranle á ella plata cincelada inglesa, porcelana delicadísima de Sévres ó de Wegdwood, terra cottas de las que se ven en los escaparates de París; estatuillas de alabastro y jade incrustadas de pedrería, ninfas de pâte tendre danzando en rueda sobre el blanco mantel, muebles de una sencillez refinada, de unas hechuras cómodas, y retratos al pastel, elegantes, deliciosos!—El marqués, por último, apeló á mí.

—Yo, ni con usted, ni con usted—respondí señalando á derecha é izquierda.—Yo... lo real... y nada más que lo real.

—¿Y qué es para usted lo real?—preguntó el arcaizante.—¿Llama usted real á lo material? ¿No es real el sentimiento que preside á la labor, por ejemplo, de un misalista ó de un mosaísta? ¿Considera usted real únicamente lo popular y lo zafio? ¿Es usted un realista de la carne, como Rubens; un realista del dibujo y del color, como Velázquez; un realista de la luz, como Ribera; un realista de la caricatura y del color local, como Goya? Porque hay cien realismos.