No supe qué contestar al pronto, y Espina saltó:

—¡Cien realismos, y todos horribles! Lo hermoso no está en lo real; si estuviese, viviríamos rodeados naturalmente de hermosura, ¡y sucede lo contrario! Lo más hermoso, lo artístico, es lo que se diferencia de eso que anda por ahí. ¡Vaya con lo real! Si las mujeres nos dejásemos como la Naturaleza nos ha hecho, seríamos hembras de monos.

Quise romper una lanza por mi estética. Al hacerlo, pensaba:

—Hay flagrante contradicción entre lo que pinto y lo que defiendo, y esta objeción tan fácil no se le escapará á Espinita.

En efecto, poco tardó en argüirme:

—¿Y sus retratos de usted? ¿Y esa Lina Moros tan ideal que nos presenta, con veinticinco años y la mitad de cintura? ¿No sabe usted la edad de Lina? ¿Cree usted en su pelo negro como el ala del cuervo? ¡Vamos, señor artista!

¡Qué hondamente mujer es esta mujer! La teoría no la conmueve: lo único que provoca su apasionamiento es el hecho concreto, es la rival; y no la rival en el terreno del sentimiento, sino en el de la vanidad, campo de extensión infinita, más amplio que el del corazón.

Bebido á sorbos el mejor café que he probado en Madrid, Solar quiere enseñarnos sus colecciones. Primero—estratagema—lo menos importante; dos retratos desglosados de la colección Carderera: Lope de Vega y Antonio de Solís, fronteros á dos copias de las clásicas jetas de Quevedo y Calderón. En un recuadro, una especie de trofeo de la guerra de la Independencia española; litografías de heroínas aragonesas, caricaturas de Pepe Botellas y el ogro de Córcega. Á mí esto me parece recoger por recoger. No veo valor artístico.

Lo único de algún mérito es la reproducción de la estatua de Fernando VII, que fué derrocada en Barcelona, allá por los años 35. Alzábase la estatua—explica el marqués—en el centro de un jardín, y por esa actitud mandona del brazo y la violencia con que la derecha señala al suelo, dijeron los catalanes, en excusa de haberla derribado, que el tirano les ordenaba “comer hierba”.

—Hicieron bien en derrocarle. Á quien nos manda pacer...