—Sin embargo—objetó Espina con el airecito cándido que adopta á ratos,—el que puede pagarse el gusto de hacer comer hierba á los demás, no dude usted que... ¡Oh!
Indicó el gesto ponderativo que ya he sorprendido dos ó tres veces, y me avasalló, como siempre, su franqueza sin velos, su menosprecio de la humanidad.
Sigue el buen marqués graduando efectos y mostrando retratos, á mi parecer, todavía mediocres: San Francisco de Borja y San Ignacio de Loyola; mucho betún, mucho ascetismo, mucho españolismo... Por detrás de la cabeza romántica del coleccionista, Espinita me hace un impagable gesto de horror.
Luego, una madona dulzarrona, atribuída á Sassoferrato; una placa de bronce, esmaltada de oro, la puerta del Sagrario de las monjas Teresas. Esta empieza á interesarme. El marqués, con el acento misterioso de los maniáticos, secretea:
—Van á ver la cajita que rondé diez y seis años antes de llegar á obtener su posesión...
Con dedos respetuosos la toma de dentro de un estuchito y nos la presenta.
—Desde que nadie tiene el vicio asqueroso de tomar rapé, hay coleccionistas de tabaqueras... Desde que se acabó el heroísmo nacional, se coleccionan sus recuerdos...
En la tapa vense incrustados en oro tres pedacitos de madera, y grabada la siguiente inscripción: “Testimonio de hispánico valor. Carlos III. De la Estacada de Gibraltar, 30 de Setiembre de 1780”.
¡Diez y seis años! Reconozco en esta tenacidad el sello de las garras de Quimera; la tema del coleccionista.—He oído hablar mucho del carácter y modo de ser del marqués. Á veces atisba años enteros, rondándola con visita diaria, pretextada diestramente, una obra de arte para su colección. Se cuenta—no sé si en serio—que hizo creer á una solterona incasable que la pretendía con honestos fines, cuando sólo preparaba la adquisición de cierta magnífica medalla única de Jácome Trezo, conservada inmemorialmente en la familia, y que al fin cayó en poder de Solar. Á esta tenacidad de cazador, á estos ardides de indio bravo, el marqués reúne una memoria que es un cilindro fonográfico; memoria de persona de entendimiento limitado y recortado, de voluntad perseverante, reducida al deseo de cosas concretas y accesibles, de esas que ceden al esfuerzo paciente y diario.