Nos enseña después un retrato de Isabel II, en mármol, obra de escultor hábil y amanerado. Esta sí que es la “inocente Isabel”, tan querida de sus vasallos, la reinecita en la frescura de su juventud y su morbidez; y Solar, con sonrisa maliciosa de indiscreto triunfante, advierte:
—Recuerdo histórico de este retrato... Es dádiva especial de la Señora á D. Francisco Serrano Domínguez, el que había de arrebatarla el trono.
Retratos, más retratos, miniaturas, medallas, óleos, camafeos, de eminencias, de testas coronadas, de la dinastía borbónica (asusta pensar lo que la han retratado en este mundo); y á renglón seguido, una colección de relojes, desde Adán hasta nuestros días... Coleccionar relojes ha sido la manía más terca del marqués, la que le hizo desarrollar más diplomacia y arte. Reloj hay de éstos que lo ha cortejado, como á la cajita, años y años; era propiedad de un amigo; el amigo falleció. Con las primeras luces del alba, adelantándose á los prenderos, entraba Solar en la almoneda del difunto.
—En vez de corazón tienes esta saboneta—dice Espina señalando á una de forma cordial, toda incrustada de granates, y cuyo tic-tac imita el latido.
El marqués sonríe y nos presenta, satisfecho, relojes libertinos, que ocultan, bajo un esmalte de asunto cándidamente pastoril, segunda tapa con escenas de sátiros y ninfas, desnudeces paganas. Espina, sin asustarse, se encoge de hombros:
—¡Pchs! ¡Desnudos! Hay desnudos infinitamente más correctos que el vestido. El desnudo no inquieta; ¿verdad?
La miro y compruebo la exactitud de su observación. Los maestros de las decadencias y las afeminaciones voluptuosas del arte consiguen sus efectos con ropajes y paños. Ahí están los artistas del siglo XVIII, que no me dejarán mentir. El desnudo estorba para la picardía.
¿Acaso en los silencios expresivos, saturados de tedio, que guarda Espina cuando me da sesión, no he notado que el atractivo peculiar de esta mujer está en la ropa, en su habilidad para adaptarla al cuerpo, enroscar, ceñir y plegar la tela, incorporada, identificada á su persona? Revuelve y ondula tan bien las faldas, son tan cómplices los tejidos que la envuelven, que no se la figura uno, en las audaces figuraciones, sino vestida.
Bajo el ropaje de Lina Moros, su forma se exterioriza; en Espina no sé distinguir la forma de la vestidura. En esto debe de consistir el arte supremo.
El marqués, alzando una cortina de terciopelo bordada de seda y oro, nos hace pasar al último salón—el ojo del boticario.—Aquí se guarda la espuma del Museo. Plata repujada, realmente magnífica; jarras españolas (nunca las había visto) sobredoradas, cinceladas. Me deslumbran; recuerdan los vasos sagrados de los pintores venecianos en las Cenas y en las Bodas de Caná. Hay objetos con que nos ha familiarizado el arte, y que parecen irreales vistos. También me encantan las veneras de la Inquisición, de pedrería, cristal de roca y esmalte, y los grandes bandejones de plata del XVI, regiamente relevados á martillo. El dorado de tan bellos objetos es muriente—una caricia para la vista,—y la labor un portento. En el tesoro de Toledo hay algo semejante. ¡Cómo se trabajaba entonces! ¡Qué fuerza, qué prolijidad, qué ciencia, qué técnica! Mis ojos se encandilaban, y dentro de mí se producía esa dilatación del sér que acompaña á una modificación profunda de la sensibilidad. No me explico bien por qué la soberbia plata antigua de Solar me impresionó como no me había impresionado el Museo, á pesar de aplastarme de asombro. Tal vez el Museo, por su mismo caudal y por las diversas edades que abarca, es una cosa genérica, que no cifra determinado momento estético, mientras esta plata, en su esplendor, me echa encima del alma todo el siglo del Renacimiento, nuestro XVI, período heroico de nuestra nacionalidad, con las corrientes artísticas italianas. Nace en mí una nueva visión de arte; comprendo lo que no comprendía.