El marqués no cabe en sí de gozo porque me ve extático, y lo atribuye al mérito particular de sus bandejas y jarras, no á la idea general que me suscitan.

Espina, sin transigir, acentúa la expresión fría, inerte, de sus ojos piel de Suecia.

—Todo esto de plata—dice,—para las iglesias, muy bueno.

—De iglesias procede—declara el coleccionista.—Estas bandejas son de postular en las catedrales. Y aquí tiene usted—abrió misteriosamente un armario—algo que todavía huele más á iglesia.

Del armario (antigua alacena de sacristía) salía un piadoso y enervante aroma de incienso; dentro, en dos estantes toscamente pintados de azul, vislumbré tesoros.

Solar fué sacando un incensario maravilloso, guarnecido en derredor de un círculo de arcángeles con las alas plegadas y las manos unidas, una naveta, menos fina, una caja de óleos, un porta-paz que, según su dueño, figura en los grabados del catálogo Spitzer, y, por último, el ojo del ojo—una medalla, como de una cuarta de alto, que encierra la efigie de Santa Catalina con su rueda.

—Es única—me dijo,—no sólo por su perfección, sino por la conservación. Si yo no la hubiese encontrado donde la encontré (secreteo, balbuceo), temería una de esas sofisticaciones que se hacen en el extranjero con tal maña. Pero esta medalla tiene más probada su ascendencia que muchas casas que se precian de ilustres. Es tan singular, que yo le he formado un expediente, una probanza en toda regla. ¡Mírela usted! ¡Mírela usted bien!

La Santa me sonrió, fascinadora. Las elegancias de actualidad me parecieron pobreza ante la artística, suprema elegancia de la mujer engalanada por el orfebre, joyero y esmaltista del siglo XV.

Con ademán á la vez púdico y majestuoso, la Santa se recoge el manto verde oliva, franjeado por una orla de delicioso dibujo, en que alternan diamantes menudísimos y perlas imperceptibles, tostadas por los años. La túnica es azul, de unos azules tornasolados y cambiantes de acuática transparencia, que la visten como del agua dormida de solitaria fuente. La cabeza de la Santa ostenta ese tipo andrógino peculiar del Renacimiento: el pelo crespo y rizo acentúa la expresión altiva, heroica, del blanco rostro; á la garganta lleva una cadena de oro, rematada en pendentivo de perlas y esmeralditas. Las manos son un prodigio de dibujo y de modelado: su elegancia patricia al hundirse en los pliegues, la separación de los torneados dedos, su forma de huso—todo divino.—Sobre la frente, algo bombeada, la ferroniera (adorno muy anterior á la época que se le atribuye, explica Solar), y bajo los reducidos pechos, un cinturón que es una filigrana. La palma, la rueda de desgarradoras puntas, milagros de ejecución. Tal intensidad de arte me deja aturdido. ¡Ahora que todo lo hacemos á toques, á brochazos! El marqués ve mi impresión y se baba del gusto de poseer tal preciosidad; sobre todo, “la envidia de Valencia de Don Juan” y otros aficionados que se pirran por la joya, le viene al paladar en onda de dulzura. Se relame, literalmente, y con señita confidencial me cita ante otro tallado armario. Abierto, veo dentro un casco de torneo milanés, una coraza nielada, repujada, cincelada, con mascarones, bichas, monstruos, dioses, diosas, héroes, esclavos que se retuercen bajo la cadena, mujeres de perfecto torso desnudo que terminan en caballos marinos, centauros de pujantes riñones, el cántico de la fuerza y del triunfo. Solar me dice: