Belerofonte.—No temas, quédate sin miedo. La Quimera va á perecer. Verás su cuerpo deforme tendido en tierra. ¿No te agrada la lucha? De pastores de ovejas han salido pastores de pueblos.

Pastor.—Cuando la Infanta Casandra venía al aprisco, y con sus propias manos ordeñaba las ovejas, yo deseaba haber conquistado un reino, para que no se burlase de mí y no me abofetease si la cogía por la cintura. Por temor al monstruo hace tiempo que no viene. ¿Volverá si la Quimera sucumbe? Entonces dame espada y escudo. Antes que tú, pelearé.

Belerofonte.—Á tus rebaños, pastor. No son para ti estas empresas. Déjame solo. ¿No oyes un ronquido extraño? ¿No percibes tufaradas de boca de horno?

Pastor.—¡La Quimera se revuelve en su antro! Mi vista se nubla, mis dientes castañetean... (Huye despavorido.)

ESCENA IV

Belerofonte, Minerva

Minerva.—Alienta, hijo de Glauco, domador del corcel divino. Libra á la tierra de ese endriago que trastorna las cabezas y me impide hacer la dicha de la humanidad, apagando su imaginación, curando su locura y afirmando su razón, siempre vacilante. Muerta la Quimera, empieza mi reinado. Invisible estaré cerca de ti. Cuando el monstruo se te venga encima, no busques su vientre ni su pecho; métele la espada con rapidez por la abierta boca. Serenidad y puños, Belerofonte.

ESCENA V

Belerofonte, después la Quimera

Belerofonte.—Un traqueteo horrible estremece la cueva. Ya se siente cerca el ruido... ¡Qué bocanada ardiente! Me abrasa... Mi sangre se incendia... ¡Ya asoma... Dioses! El cielo se obscurece... ¡Ah!