Casandra.—No me suena tu voz cual suena la de los númenes y los oráculos. Voz me parece de la tierra, de la pedestre prudencia y de la senil sabiduría. Los númenes deben alentarnos cuando un generoso arranque nos alza del suelo. Quizás entonces nos parecemos á los númenes. ¡Númenes somos quizás!
Minerva.—¡Insensata! ¡Nadie me ha desdeñado que no se haya arrepentido! Otro consejo, y desóyele si quieres. La Quimera va á salir de su guarida...
Casandra.—Sí; percibo el sofocante calor de su resuello.
Minerva.—Olfatea la presa. Apártate, huye: la atrae tu presencia.
Casandra.—¿La tuya no?
Minerva.—No. Para ella soy invulnerable.
(Salen Casandra y Minerva.)
ESCENA III
Belerofonte (armado con coraza, espada y escudo), un pastor.
Pastor.—Estamos en la madriguera del monstruo. Esa es la entrada. Te he guiado bien; ahora déjame volver á mi aprisco. Me tiemblan las rodillas, y un sudor helado corre por mi frente. Yo no soy héroe, sino pobre pastor.