LA QUIMERA

I
ALBORADA

Los últimos tules desgarrados de la niebla habían sido barridos por el sol: era de cristal la mañana. Algo de brisa: el hálito inquieto de la ría al través del follaje ya escaso de la arboleda. En los linderos, en la hierba tachonada de flores menudas, resaltaba aún la malla refulgente del rocío. El seno arealense, inmenso, color de turquesa á tales horas, ondeaba imperceptiblemente, estremecido al retozo del aire. La playa se extendía, lisa, rubia, polvillada de partículas brilladoras, cuadriculada á trechos por la telaraña sombría de las redes puestas á secar, y festoneada al borde por maraña ligera de algas. Á la parte de tierra la limitaba el parapeto granítico del muelle, conteniendo el apretado caserío, encaperuzado de cinabrio.

Un muchacho de piernas desnudas, andrajoso, recio, llevaba del ronzal á un caballejo del país, peludo y flaco, á fin de bañarlo cuando el agua está bien fría y tiene virtud. Volvió la cabeza sorprendido, al oir que le hablaba alguien y ver que un señorito bajaba corriendo desde el repecho de la carretera de Brigos hasta los peñascales, término del playal.

—¡Rapaz! ¡Ey! La panadería de Sendo, ¿adónde cae?

—Venga conmigo, se la enseñaré—contestó en dialecto el muchacho, tirando del ronzal del jaco y volteando hacia el caserío, en dirección á la plaza. Por callejas enlodadas, donde cloqueaban las gallinas, guió al forastero hasta la panadería, situada frente á la iglesia parroquial. La puerta del humilde establecimiento estaba abierta. El forastero echó mano al bolsillo y dió una peseta á su guía, que se quedó atónito de gozo, apretando la moneda en el puño, temeroso quizás de que le pidiesen la vuelta. Al ver que el forastero entraba en la panadería sin acordarse más de él, besó la peseta arrebatadamente, la escondió en el seno y partió disparado.

La tienda del panadero, estrecha, comunicaba con la cocina y el horno; éste, con un salido á la corraliza. En la tienda no encontró el forastero á nadie. Un olor vivo y sano á cocedura, á pan nuevo, le alborotó violentamente el apetito. Una mujer todavía joven, sofocada y arremangada de brazos, se le presentó, saludándole con un “felices días nos dé Dios”.

—Muy felices, señora... ¿Está Rosendo?