—¿Qué le quería?

—Soy su primo Silvio, el que ha venido de Buenos Aires—contestó el forastero.—Quería... nada; verle.

—¡Ay, Jesús!... Siéntese... Haga el favor de aguardar un instantito.

Y, exagerado por la emoción el acento cantarín y mimoso de la tierra, gritó metiéndose adentro:

—Sendo... ¡ay, Sendo! ¡Ven aquí, hom...!

Apareció el panadero, sudoroso, empolvado de harina, y no dijera nadie, al pronto, sino que era el propio Silvio, ó un hermano gemelo. La misma finura de tipo; ambos de ojos azul grisiento, de menudo bigote dorado, de tez blanca, de cara oval, de pelo alborotado, sedoso, rubio ceniza. Mirándoles más despacio, se advertía que, bajo iguales máscaras de carne, la cara verdadera, espiritual, era no sólo diferente: opuestísima. Sendo, al reconocer á Silvio, se había parado, receloso de lo desconocido; Silvio avanzaba con los brazos abiertos.

—Y luego... ¿Tú por aquí?...—murmuró el panadero con retraimiento y precaución.

Silvio comprendió. Su sensibilidad sufrió un arañazo leve. ¡Pobre primo! ¡Temía que viniesen á explotarle! Se apresuró á situarse en terreno despejado.

—Sí, hombre... Vengo de Brigos, de casa de Moleque. Voy á Alborada...