—Vamos, ¿á las Torres?—asintió Sendo, tranquilizándose, con entonación respetuosa. ¡Buena señal! Cuando Silvio iba á las Torres...
—Y como no quiero llegar allí sin haber almorzado, me daréis una taza de caldo, ¿eh? y un poco de bolla fresca. Vengo á pie: estoy cansado. Toma—añadió precipitadamente;—esto lo compré en América para tu chiquilla mayor. ¿Dónde anda?
Era un dije de oro bajo, con rubíes falsos y perlitas. La panadera exhaló un suspiro de admiración y placer.
—Están ella y los hermanos en el arenal á se divertir, los pobriños. Mientras se cuece hay que espantarlos de aquí, que no dejan trabajar á uno. Sólo tengo al de pecho; descansa como un santo en la cuna. ¿Lo traigo?
—No—replicó Silvio.—Antes de irme los veré.
—Á ver luego el caldo, mujer—ordenó Sendo imperiosamente.
Salió la frescachona á trastear por la cocina, y sentáronse los dos primos en la tienda, en sillas de paja desventradas y sucias. Hablaron. Cada tres minutos les interrumpía un parroquiano, pidiendo un mollete de á libra ó una rosca de trenza. Levantábase el panadero á despachar y cobrar, y era lento en retraer el coloquio adonde lo cortaban; no obstante, con habilidad y sorna aldeana, al fin lo conseguía. ¿Qué tal le había ido á Silvio allá en esas tierras donde tanto dinero se gana? ¿Traería, de seguro, un capitalito?
—No...—y Silvio reía.—¡Aquí os figuráis que allá llueven billetes de Banco! Allá también hay ricos y pobres... Yo no emigré por hacer fortuna.
Viendo la sombra de preocupación que nublaba el gesto del primo, añadió prontamente, con algo de nerviosidad:
—Al principio... ¡pch! me fué muy mal. Ahora ya ganaba para vivir. No pido limosna. ¿Dices que al segundo hijo le pusisteis mi nombre? Ahí tienes para comprarle dulces...