Tendió un billete de última fila, de á veinticinco. El panadero, radiante, después de varios “no te molestes”, lo recogió. Así como así, él iba á dar de almorzar á Silvio, ¡á obsequiar también! En una vuelta se acercó á la cocina, y por lo bajo:
—María Pepa, mujer, si hubiese sardinas del pilo... Es loco por ellas. Traerás un neto de vino tinto de lo mejor, ¿eh, mujer?
Serían las once cuando María Pepa dispuso la pitanza, en la mesa de la cocina. Al ver sobre el mantel gordo y rugoso la fuente de barro llena de sardinas asadas, plateadas y negruzcas, Silvio sintió que se le henchía de saliva la boca. Su estómago flojo, estropeado por privaciones y miserias en la primera edad, tenía súbitos antojos de golosina, como los niños y los enfermos, y le encaprichaban especialmente los platos ordinarios, los sencillos condumios regionales. Se arrojó á las sardinas; ayudadas por la bolla caliente, sabíanle á pura gloria. El vinillo del país, acidulado, hacía un maridaje delicioso con la carne blanca, salada á granel, de los peces. María Pepa, lisonjeada, se reía de ver al primo devorar.
—Coma, coma, que le preste, ya que le gusta... ¡Mire qué afición le llevan, Jesús!
—Dile á tu mujer que me hable de tú, y que se siente á almorzar con nosotros—suplicó Silvio.
—Tiene cortedá—rió Sendo.—Como es la primer vez que te ve, hombre... Ya almorzará ella luego, ende acabando de servirnos...
—Pero yo no me conformo. Es un favor que te pido. Que se siente. Anda, María Pepa; cuéntame de tus chiquillos. ¿Los crías tú?
—¿Y luego? ¿Quién me los ha criar?—exclamó la frescachona.
—Uno por año, ¿eh? ¿Como la tierra?