—Cuasimente, sí señor; uno cada año... no siendo el año que estuvo mi esposo muy malísimo de calenturas.
—¿Y trabajas siempre, aunque sea embarazada ó criando?—preguntó Silvio escanciando un vaso lleno á María Pepa.
—¡Ay! ¡Qué remedio! Señorito... Los pobres...
—¿Señorito? Me llamo Silvio. Me has dado unas sardinas, María Pepa, que no las trocaría yo por ningún guiso de cocinero francés. Sendo, tu mujer vale mucho. Me parece que sois felices y que os lleváis como ángeles; ¿no es cierto?
—¡Ay! Eso sí, alabado Dios—respondió Sendo por su mujer, la cual, avergonzada, se sofocó más.—Riñas no hay aquí. ¡Siquiera tiempo á reñir tenemos! Como nunca falta qué hacer... Pero, y entonces tú—porfió suavemente, con la insidiosa blandura del país,—¿no traes de allá para vivir descuidado? Si yo me fuese allá á amasar pan, algo traería; puesto ya un hombre á pasar el charco, ¡caraina!
—Ya te dije que no iba en busca de cuartos—replicó Silvio, engolfado en una escudilla de caldo de berzas y patatas con espeso de harina de maíz.—¡Vaya un caldito! ¡Qué antojo tenía de él, así como lo hace María Pepa!
Sendo miraba á su primo, no atreviéndose á preguntarle por qué se embarca un hombre cuando no va en busca de cuartos.
—Algún día—sonrió Silvio, á quien la beatitud del estómago alegraba el pensamiento—puede ser que tenga cuartos de sobra aunque no los busque. Entonces os pido á mi ahijado, ¿eh?, y me le dais, y lo educo y hago de él una persona.
—¿Y tus hijos? Te casarás—objetó Sendo prudentemente.
—No me casaré. Sólo me casaría con una como María Pepa, lo mismito. Una que sepa hacer estos caldos—añadió.