—¡No se burle!—arrulló cantando María Pepa. Oyóse el llanto de una criatura; corrió la madre al dormitorio, y un segundo después se desabrochaba el justillo y acercaba al mamón á un seno gordo, tenso, de venas azuladas. Silvio, ahito, dilatado de bienestar, contemplaba el cuadro: la mujer, morena, sana y dorada como el pan, lactando á un chicazo que pegaba manotadas á la teta y se volvía curioso, con la boca untada de leche.
—¿Quién sabe si ésta es la felicidad?—pensaba.—Al menos, es la ley de naturaleza.
Así que su crío se puso que no le cabía gota más, la madre, engreída por la expresión de simpatía de los ojos de Silvio, le llegó el pequeño á la cara mendigando la alabanza y el beso. El pequeño olía á descuido y á lo que huelen los nidos de paloma. Silvio, perturbado en su digestión y en su refinamiento, se hizo atrás. Instantáneamente se le desvaneció la ilusión idílica, ese sueño que es el reverso de la megalomanía; soñar con ser menos, recortando la aspiración, espejismo de luchadores fatigados.
—¿Sabrá aquí algún chiquillo el camino de Alborada, para que me guíe?—articuló con sequedad impaciente.
—El nuestro, el mayor, puede ir—ofreció Sendo.
—No, no; prefiero otro. No va á volverse solo el niño.
—Deja pasar la fuerza del sol, hombre. Á tal hora, en Alborada estarán almorzando.
Á una revuelta de la carretera empezó á emerger, de la ramazón tupida del castañal, el alminar de las torres de Alborada. Poco á poco, la mole del edificio entero: parecía ascender, todo blanco, de piedra granítica; al mismo tiempo olores finos, azucarosos, de flores cultivadas, avisaron á los sentidos de Silvio. Llamó á la campana de la verja y esperó, bañándose en un ambiente saturado de esencia de magnolia. Tardaron bastante en abrirle: los perros, á distancia, presos, ladraban tenazmente.
Cuando entregó, para solicitar una entrevista con “la señora”, la carta de presentación del doctor Moragas, notó despechado un encogimiento que le enfriaba las manos y le enronquecía la voz. Con lúcida fidelidad recordaba que en Marineda, antes de pensar en emigrar á la Argentina, todavía adolescente, entre colegiales, había dibujado una caricatura insultante de aquella mujer, en quien deseaba ahora encontrar eficaz auxilio. Angustiado, volvió á ver el mugriento pupitre del colegio, los trazos de lápiz sobre el papel; oyó las risas... ¿Dónde pararía la caricatura? ¿Tendría noticia de ella la célebre compositora? ¿Si le recibiría con desdén ó con repulsa severísima?