La aprensión de Silvio creció al dejarle solo el criado en una sala baja, amueblada de caoba y cretona, cubiertas las paredes de retratos viejos, bituminosos. En un ángulo aparecía el piano, resguardado de la humedad por una manta de seda rameada y entretelada. Los objetos ejercían sobre Silvio sugestión profunda; la sencilla sala, el instrumento confidente de la inspiración artística, le impresionaron. Prestó oído: creía escuchar pasos, taconeo, roce de faldas, y repitió en sus adentros: “Este es un momento muy solemne... Tal vez decide de mi porvenir... Entran”. Entraba, sí, un singularísimo perrillo, ladrando aguda y hostilmente; su extrañeza atrajo á Silvio, le distrajo. El chucho parecía uno de esos asiáticos monstruos de bronce que guardan las puertas de los santuarios japoneses. La idea de tomar un apunte se apoderó de Silvio; y ya buscaba su lápiz y su diminuto álbum, cuando, al volverse, vió á una dama que le saludaba y le ofrecía asiento.

La reconoció. Apenas cambiada por los años transcurridos, era la baronesa de Dumbría, madre de la compositora.

—Tal vez sea difícil, al menos en algún tiempo, que pueda usted retratar á mi hija—declaró, leída la carta que servía de presentación á Silvio.—Minia anda siempre escasísima de tiempo, y... además... La verdad: tantos retratos le han hecho, y tan medianos todos... que siente aversión hacia los retratos. En fin, vamos á ver... La diré... Aguarde usted aquí.

Se alejó la baronesa. Silvio, entretanto, descorazonado, apuntó en dos de sus actitudes extrañas al asiático vestiglo. Al cuarto de hora, otra vez pasos, y la baronesa, expansiva, triunfante.

—Minia dice que aquí dispone de algunos ratos libres, y que si usted tiene tanto empeño y cree que eso le puede ser útil, por su parte, con mucho gusto... Pero es aquí, fíjese usted bien: en Madrid, Minia no dispone un instante... ¿Á ver ese dibujo? ¿Es Taikun?

—¿Es japonés, señora?—preguntó á su vez Silvio, algo animado ya, respirando mejor.

—Japonés... é inglés. Vino preñada su madre á bordo; parió en Gibraltar... ¡Qué gracioso el dibujito! Y ¡qué aprisa!

El efímero elogio dilató más el pecho de Silvio; se colorearon un poco sus mejillas mates, rasuradas de una barba leve.

—En ese caso, señora baronesa, ¿qué día y á qué hora he de volver para la primera sesión? No molestaré mucho; á falta de otro mérito, tengo la mano ligera...