—¿Volver? Se quedará usted aquí. ¿Había usted de estar haciendo viajes á Marineda ó á Brigos? ¡No faltaba más! Voy á disponer que le preparen habitación. Las Torres son bastante grandes... ¿Ha traído usted papel y lápices? Caballete lo tenemos aquí.
—Proyectaba traerlo todo mañana de Brigos. Es mejor que me vaya, y vuelva con los trastos; ¿no le parece á usted?
—Nada de eso. ¿Tiene usted el hormiguillo? Un propio á Brigos al instante. La distancia es una bicoca. ¿No ha venido usted á pie?
—Pondré dos letras entonces, señora, ya que tan buenas son ustedes, á la hija de mi tutor, Lucía Moleque, á fin de que entregue mi caja, mi blusa, los rollos de papel...
—Eso es... Que le envíen lo preciso. Venga usted por aquí á mi escritorio.... ¿Ha almorzado usted? ¿Quiere refrescar? ¿Cerveza?
El corto día de otoño expiraba cuando el propio regresó de Brigos. Hasta las primeras horas de la tarde del siguiente, no se empezó el retrato al pastel. Silvio, no obstante, no había perdido la noche anterior. Á la luz artificial, sobre la maciza mesa de caoba de la sala, había bocetado ligeramente, á la pluma, la cabeza vigorosa, de incorrectas facciones, de Minia Dumbría. Libre ya de aprensiones pueriles, jugó con la figura de la compositora, de la cual se estaba apoderando en una caricatura humorística y respetuosa, de extraordinaria semejanza. Diseñó también otra vez á Taikun, y á las once, cuando se retiró á su cuarto, notó que se encontraba en Alborada como si hubiese pasado allí la vida entera.
Los preparativos, la colocación del modelo, se discutieron á la mesa, á la hora de almorzar. Era preciso graduar la luz por medio de cortinajes; y al plantearse la cuestión del traje, Minia contestó que no tenía en Alborada ningún cuerpo escotado.
—Lo improvisaremos—añadió.—De cualquier manera.
Sencillamente recogido el pelo, rodeados los hombros de una nube de tul blanco sujeta con cintas anchas color de mar, posó resignada la compositora. Suponía que el retrato iba á salir desastroso.
Silvio disponía febrilmente sus lápices de pastelista ante el pliego de papel grisáceo fijo en el tablero con doradas chinches. La prolongada blusa de dril le daba semejanza con un obrero. Guiñó las pupilas, frunció el ceño, contrajo la frente, registrando en el modelo con avidez líneas y colores, y valiéndose de las yemas de los dedos mucho más que de los lápices, principió sin delinear, aplicando ligeras manchas. Dijérase que era la nebulosa de una cabeza y un busto lo que nacía, vago y fino sobre el muerto fondo cenizoso.