Desde aquel punto el moribundo fué agonizante. Cada hora pesó sobre él con peso de losa sepulcral. Su cerebro, un instante iluminado, se ensombreció gradualmente, quedando sólo vigilante la sensibilidad afectiva, las efusiones en que, agradeciendo los cuidados de su enfermera con balbuciente gratitud de niño, la llamaba, la nombraba sin cesar. Algunas veces, en fugitivos lampos, la conciencia parecía despertarse, y hasta los ensueños fallidos, las ambiciones, volvían á rozarle con sus alas; después recaía en el estado comatoso, que interrumpían accesos de insania, nerviosos ataques, ahogos y asfixias pasajeras.
No se sabía cómo sostener aquella existencia sin raíces. La leche, los alcohólicos, las pociones, la cafeína... Y la lucecilla temblante chisporroteaba, para languidecer más y apagarse.
Fué en las primeras horas de la mañana cuando Silvio se alzó de repente en el lecho revuelto y manchado. Sus manos crispadas azotaban el ambiente; sus ojos desvariados buscaban en el espacio lo que no podían encontrar: aire. Su boca se abría en redondo, ávida, suplicante, negra. Fué un segundo. Aplanóse, jadeando. El jadeo, sin embargo, á los pocos segundos, disminuyó, cesó, y una expresión de beatitud serena se esparció por la cara desencajada y cárdena, ahora amarilla. La baronesa se había precipitado á llamar al capellán. Cuando éste llegó, su experiencia le dijo lo cierto.
—Agua bendita—exclamó.—Rociaremos el cadáver...
La palabra siniestra arrancó á la señora la explosión de llanto, hasta entonces reprimida.
Ya la otoñada se acerca. Minia, á las doce de la noche, en el historiado balcón del último piso de la torre de Levante, está de bruces, recorriendo senda atrás, con la memoria, un ciclo, una vida. Lo que ve en las lejanías vaporosas, que la luna aviva con toques de gasa de plata,—es un destino humano, corto, intenso, que empezó allí mismo, en Alborada, y en Alborada vino á concluir. Así sobre el paisaje bordamos nuestra emoción del momento, y así la materia se transforma, se asimila á nuestro espíritu y adquiere realidad en él.
Le veía llegando á buscar recursos para cebar aspiraciones más altas; le veía manejando con su genial gracia de inspirado los lápices; le veía en Madrid, sin recursos, sin muebles; escuchaba el gentil cuchicheo de salón á que debió su rápido encumbramiento; le veía afinar su tipo con los retoques de la moda; recordaba á la enamorada Ayamonte, al doctor Luz, á Solar de Fierro, con su romántica trova; releía las cartas de París, pensaba en las perfidias de Espina y fantaseaba en irónica reconciliación, ó en no menos irónico rencor, el encuentro de dos esqueletos que se pedían cuentas, ó desdeñosos se perdonaban... Luego,—en vez de la enorme perla gris y nacarada de la luna, rodando silenciosa en el esplendor de la noche estival, Minia fantaseaba una nube caprichosa, tenue, la forma del blanco Cordero redentor y expiatorio, cuyos contornos se esfumaban poco á poco, borrándose.—Y acudía á su imaginación Silvio como en letargo, idealizado por la liberación final, vestido de frac, cubierto de flores—ahora su perfume no le dañaba,—depositado en el rincón de un humilde cementerio campesino, entre la calma del olvido, lejos de la victoria, lejos del hálito de brasa de la Quimera...
—Dichosos los que yacen en paz—murmuró la compositora, cerrando un instante los ojos y reclinándose en la columna de granito del ventanal.—Oyó furiosos baladros: podrían ser de los canes guardadores de las chozas. Un soplo de fuego la envolvió: unas pupilas de agua marina alumbraron la estancia con su reflejo, parecido al de los gusanos de luz... Y,—ya segura de que el monstruo acababa de penetrar por los huecos del balcón consagrado á las Musas—Minia descubrió el harmonio, se sentó ante él, y empezó á tantear la composición de una SINFONÍA, tal vez más sentida que las anteriores.