—¡Pide por mí!—asintió Silvio.—¿Será oída?

—Lo será. Ella le ha precedido á usted en el camino de la bienaventuranza. Y así y todo, es posible que usted llegue antes...

Absuelto, Silvio experimentó una sensación de alivio, una sedación, refugiándose en bahía de tranquilas aguas, cerca de una costa fértil. El problema del “tal vez soñar”, el mayor de los terrores del morir, no le torturaba ya. Si soñase, soñaría como en vida—sueños de aurora, de luz, de desconocidas felicidades,—en que se ensancha el espíritu, y alcanza lo que nunca ofrece la limitada zona del vivir terrenal. Y vió—al través del velo de la lluvia, que ahora caía mansa, en hilos continuos de cardado cristal, como las lágrimas que bañan una faz resignada, dolorosa—á su Quimera, antes devoradora, actualmente apacible, hecha no de fuego, sino de brumas suaves y de aljófares líquidos, de vapores transparentes y de claridad atenuadísima; y, conformándose, sintióse reconciliado con el universo, con las Manos que lo guían... Al adormecerse plácidamente las mortales inquietudes, los hondos espantos; al borrarse la representación del abismo en que caía, Silvio se quedó sonriente, iluminada la cara por ese reflejo inconfundible, que se trasluce atravesando las carnes demacradas y los huesos áridos.


Al otro día, de mañana, le trajeron al Señor.

La ventana, siempre abierta, dejaba ver el campo que rebrillaba húmedo, bajo la caricia dorada de un sol de primeros de Agosto, bebedor sediento de los charcos de la diluviada, y dedicado á chupar, con avidez de abeja que liba, los rastros de la lluvia en la vegetación. Las plantas habían erguido la frente; las flores soltaban tanto aroma, que para adornar la habitación del enfermo fué preciso elegir las casi inodoras, por no enloquecer su cerebro, en el fugaz intervalo lúcido. Eran begonias rosa, de elegantes hechuras y avelludado follaje; eran dondiegos, que sólo al anochecer vierten su pomo; eran rosas blancas y té, que apenas sugieren la dulzura de una brisa; eran margaritas, que de cerca tienen un tufo acerbo, balsámico, parecido á un consejo lleno de experiencia; eran salvias carmesíes y moradas, en cuyo cáliz se mece una gota de almíbar, eran cruentas eritrinas y pasifloras cristíferas, emblemas de la Sangre y la Pasión redentoras, raudal de amor... Dispuestas en jarrones, distribuídas sobre los pocos muebles y sobre la cama que adornaba la hereditaria colcha de damasco color prelado, con arabescos de raso enranciado por el tiempo, y cuyos tonos armoniosos aún placían á la pupila del artista moribundo,—las flores hablaban su lenguaje lírico, preparando el alma á recibir al Huésped.—En la fantasía de Silvio, acaso por vez postrera, el mundo real, visto ya como lo ven los reclusos, por el hueco abierto en la pared del claustro, se transformaba y revestía de los matices y las refulgentes irisaciones de la hermosura. La campiña, impregnada, refrescada por la lluvia honda y caudalosa, que había penetrado hasta sus entrañas; la campiña, antes seca, vestida de verdor primaveral otra vez, era la misma campiña de Flandes, trasladada por Van Eyck al paraíso; tierra hecha cielo, sin que perdiese los accidentes terrenales, el risueño atavío de florescencia menuda, rebosante de jugo y salpicada de rocío mañanero. Y por las lejanías, sobre el anfiteatro de montañuelas y bosques, que prende con broche de turquesa el trozo de ría, avanzaban en hilera los personajes vestidos de rosicleres de amanecer y tintas celestes; las santas, los mártires, los profetas, los reyes, toda la gloria de la Iglesia triunfante. Entre aquellas santas, una carmelita: su veste es de jacinto encendido, su rostro parece arder, su expresión es extática, la luciente substancia de su ropaje y de su cuerpo ciegan, y su voz timbrada, amante, murmura estrofas de poemas divinos. Detrás de ella, entre las vírgenes, una que ostenta corona hierática, toda de pedrería, y un ramo de madreperlas, figurando azahar, sobre el seno; trae los ojos bajos, las mejillas encendidas de rubor... Y cuando se incorporan y funden estas figuras y fantasmas luminosos en una sola llama terrible, deslumbradora, en el centro de ella, cercada de estrellas de más viva luz todavía,—diamantes dentro del piélago de llama,—aparece la única Mujer celestial, la que espera paciente, al pie de los lechos mortuorios, á recoger el soplo imperceptible, el último gemido libertador...


Silvio, cerrando por un momento los párpados, sintió que sobre su lengua descansaba la suave partícula. El Cordero místico, manso y herido, derramando de su costado abierto un río de granates, vino entonces á recostársele sobre el hombro. Balaba tiernamente; parecía decir: “También muero; mira cómo mi vida fluye de mis venas... Muero por ti... Por ti, ¿no lo ves?”


La cabeza del moribundo recayó sobre las almohadas. La baronesa acercaba á sus labios agua, el sorbo que sigue á la comunión. En el pasillo se oían exclamaciones y sollozos de servidores.