—Sí, pero un cielo más bonito...—respondía Minia sonriente, señalando al que se encuadraba en la ventana.
Porque el tiempo había dado cambiazo; el bochorno que suele aportar entre los pliegues de su esclavina de peregrino el señor Santiago, el Apóstol batallador, habíase resuelto en tormenta, en vendaval y, al cabo, en diluvio—de esos chaparrones propiamente galaicos, en que se aproximan al suelo encharcado y parecen oprimirle con su negra masa los desfondados odres de las nubes.—Los árboles lloraban á hilo; el prado era una esponja; la fruta, antes de llegar á madurez, había sido arrebatada y tumbada por el airote; los rosales se inclinaban, derrengados bajo la violencia del aguacero; y de las gárgolas monstruosas, de abiertas fauces, caía recto, inagotable, un chorro impetuoso, que iba abriendo en la terraza hoyas y grietas. Parecían las Torres un gran buque náufrago, combatido y azotado aún, á quien las olas persiguen, lobos ensañados, hasta la playa misma. Y la inclemencia de los elementos las rodeaba de una soledad eremítica; nadie venía, ni de Marineda, ni de las quintas próximas, á ver á las señoras, á enterarse del estado del enfermo; las labores del campo se habían interrumpido; ni pájaros, ni mariposas, ni insectos zumbadores, ni aromas, ni ruidos, más que el desolador sopeteo y chorreo del agua; hasta las audaces palomas zuritas del jardín del estanque, amigas de desafiar inclemencias, habíanse acogido á su palomar del hórreo, y de vez en cuando sacaban por el tragaluz la cabecita, el pico rosa, y giraban los vivos ojuelos de azabaches engastados en esmalte coralino.
Fué en medio de aquel esplín de las cosas sumergidas, anegadas, hechas papilla; entre el gorgotear del agua, lento, fastidioso, plañidero é insistente; bajo la monotonía abrumadora de un horizonte algodonáceo y turbio, cuando el artista, en un momento de relampagueante lucidez, se volvió hacia su enfermera y pronunció alto y claro:
—Voy á confesarme... que venga el sacerdote... ¡En seguida!
Corrió el capellán, reprimiendo mal el júbilo de la victoria. Era tiempo; quedaba muy poca hebra sin retorcer, y en las descarnadas falanges de una de las misteriosas hilanderas, las tijeras rechinaban ya, frías y aguzadas, siniestramente brilladoras, dispuestas á dar el corte... Fué un diálogo interrumpido por la fatiga del enfermo, un cuchicheo ansioso, confidencial. Por primera vez en el curso de su existir, Silvio se acusaba, no ante su conciencia, arbitrariamente indulgente ó severa, sino ante algo que está fuera y por cima de nuestros lirismos. Era en aquel instante como los marinos que tripularon las galeras españolas con rumbo á región desconocida—la última Tule,—y sus ojos, enlanguidecidos, expresaban la admiración de que más allá del mundo interior del sueño hubiese comarcas, paraísos surgiendo del agitado mar de la realidad. Para adquirir el derecho de entrar en los nuevos continentes, bastaba aquello, un murmurio sincero arrancado á lo hondo del sentimiento; bastaba reconocerse pequeño, débil, confundirse, humillarse, ser verídico, declarar la miseria y el barro en que se hunde nuestro pie enclavado, sujeto á lo terrestre.
—Pequé. Soy arcilla amasada con fermentos de impureza... He palpitado por glorias y triunfos... ¡Engaño! ¡Polvo! ¡Nada!
Y como en el horizonte pluvioso se agolpasen las nubes, más plomizas, más desfondadas en llanto, dejando verterse de sus urnas obscuras el dolor universal, la voz estertorosa prosiguió:
—He pagado con desprecio y mofa á los que quisieron hacerme bien. Por la dureza de mi corazón, una mujer vive encerrada en un claustro.
—¡Aleluya!—respondió el confesor.—¡Aleluya! Ella pide por usted.