Como si la proximidad del fin sacase á luz en Silvio ese verdadero é íntimo modo de ser que reaparece en las horas críticas, empezó desde aquella hora á deplorar especialmente (según la hija del gibór hebreo lloraba su virginidad, el bajar al sepulcro infecunda, sin que en sus entrañas pudiese formarse el Mesías), á dolerse de lo que no había hecho, de la obra sin cumplir. Despedíase del color que acaricia las pupilas, de la línea soberana, que trae á la mente la idea de lo divino, por la euritmia y la proporción; y cada forma bella era una elegía que dentro de su espíritu brotaba. Al irse (convidado que se alza de su silla sin haber gustado el vino, dejando colmada y espumante la copa), sus lágrimas destilaban otro licor que absorbía callado, en triste embriaguez. Y el sentimiento de pasar sin dejar huella, era también manifestación inconsciente del inexplicable, del victorioso apego vital.
En torno suyo, todo indiferencia. Ni una hoja de los árboles, ni un aliento del aire seco, blando, voluptuoso, se resentían de la agonía de un sér joven, de aquel sufrimiento humano, tan largo y martirizador. En otoño, la Naturaleza parece asociarse al sentir del hombre; pero corría el mes de Julio, la roja y ardiente luna de Santiago, y olía á hinojo, y en el ambiente sonaba la campanillita de oro del júbilo de las romerías y fiestas. Las quintas se habían poblado de señorío; gente de Madrid veraneaba; por los sembrados cruzaban grupos, y era un florecer pronto de sombrillas, pamelas y claros trajes. Ante la verja que domina la terraza de las acacias, pasaban disparados, alzando polvo, cestos ligeros, faetones, borriquillos con sonajas, jinetes. Areal reventaba de bañistas; los aldeanos andaban contentos, porque la leche y los huevos y la legumbre y el lavado se pagaban bien; los caballeros siempre sudan plata. Con frecuencia estallaban cohetes, cruzaban murgas, gaiteros dirigiéndose á las parroquias donde se festejaba al santo. Ruidos, actividad, regocijo, sol; y el artista se moría allí, en la terraza, donde los gruesos corales del gran cerezo viejo, torcido, añoso, caían y se pisaban, dejando en el suelo amplias manchas, goterones de sangre.
Llegó un momento en que se le hizo difícil salir; apenas le permitía moverse de su cuarto la extenuación. Sobre su cama, á la cabecera, una Madona rubia, un cobre antiguo de escuela flamenca, de esos en que el grupo de la Madre y el Niño aparecen rodeados de tulipanes y jacintos de gayos tonos, le sonreía... Silvio la miraba. La idea de implorarla, de rogar á la Consoladora, tenía que ocurrírsele, porque cuando se sufre... Y, en efecto, un día en que sintió perderse, esfumándose, todo; en que la lucha, el arte, la gloria, cuanto hermosea el existir y nos vincula á él, se extinguió cual las músicas militares del ejército triunfador se alejan dejando al herido solo en el campo de batalla, á la hora del ocaso, con los cuervos que revuelan y graznan... Silvio secreteó al capellán:
—¿Por qué no pide usted por mí, á... á Esa? ¡Que me sane, que haga un milagro!
La puerta estaba abierta. La conversación era franca ya. “Es preciso que no sea yo solo; que usted mismo la implore...”; y así, el artista, impregnado de lo inefable, de lo eternamente femenino, recibió la consagración de la postrimera esperanza, cogido á la túnica de flotantes pliegues de la Mujer divina.
En voz baja, mezclando veras y esas bromas que se gastan con los enfermos para distraerles (porque todo enfermo vuelve á ser chiquillo), el sacerdote fué derramando el bálsamo. El germen existía, bajo capas de guijarro. Faltaba removerlo, con dedos cuidadosos, delicados, apacibles, huyendo de controversias enojosas y pedanterías apologéticas. Faltaba preparar á las efusiones amantes, á los balbuceos insensibles del alma, cuando recuerda con deleite íntimo, fresco, la antigua canción de la cuna. Ese ardoroso sartal de ternezas que sugiere la más sencilla devoción, una mirada á una estampa, una onda argentada de luna que la ventana deja trasbordar, era lo que convenía no interrumpir, como no se interrumpe nunca un diálogo de amor ó una meditación grave. La menor intransigencia, la menor torpeza de catequista, hubiesen irritado á Silvio sin convencerle. Dejar manar la fuentecilla. Ya se humedecen los helechos que la cubren; ya filtra una gota, perla de vidrio líquido; ya se escucha el rumor del chorro que gorgotea... Ya surte, ya empapa la tierra árida del rastrojo...
Y á intervalos—á las horas en que la cabeza se despejaba un instante, en que la fiebre remitía, en que la disnea abría sus tenazas, en que los dolores se mitigaban y la desorganización se interrumpía—la fuente manó.
—¡Minia! ¡Qué bueno fuera que hubiese cielo!