—¡Que se lleven á esta fiera... Que me la quiten... Parece una mujer!


Sólo las flores le agradaban. Las flores, quietas, dóciles, que no hablan sino por la insinuación de su aroma, le acompañaban; las pedía; siempre conservaba una, ó rara ó bella, al alcance de su olfato y vista, ó la revolvía entre los dedos descarnados, sin fuerza para sostener el tallo casi.

Arriesgándose,—no sin timidez,—el capellán entró á veces en el cuarto de Silvio. El negro traje talar ya no asustaba al artista. Sus sentidos se habían habituado á la sombría mancha. Y el capellán, ni era un ergotista, ni un teólogo. Sólo hablaba de una Virgen muy amiga de los enfermos, de un Dios que distribuye la salud al que le conviene. Asimismo leía noticias de la Prensa, asombrándose de varios telegramas,—que Silvio entendería mejor.—No era, sin embargo, constante la serenidad del artista. Por momentos su cerebro sufría perturbaciones. Desvaríos calenturientos le hacían revolverse en su cama, y la disnea, obligándole á buscar el aire puro, el aire sin tasa, le impulsaba hacia la ventana con fatal impulso. Pasaba el transporte de locura; y después recaía en la cama, palpitando.

—No es que usted vaya á morirse como cree, Silvio—díjole Minia una mañana en que le vió algo animoso.—Sosiegue su espíritu, y entréguese en las Manos que rigen nuestro destino... La vida no es ningún tesoro. Dolor en ella, dolor por ella: he ahí el fondo, Silvio. ¿Conoce usted el cuento oriental? Un camellero descubrió un pozo y se echó al pie de él, porque estaba muy fatigado, muy fatigado; ni andar podía. Se llamaba Pozo de la vida... y este nombre atractivo ilusionaba al camellero. Con su odre sacó agua el primer día, y el agua era un cristal, una alegría de los ojos. Bebió y se refrigeró. Sacó agua al segundo día, y era buena aún. Fué sacando, sacando... y el agua, poco á poco, se hizo amarguilla, amarga, amargota... Hiel, de la hiel más horrible. El camellero, ante el desengaño, se arrojó en el pozo, y desde entonces, ¿sabe usted lo que ocurre? ¡Que el agua del Pozo de la vida, además de amargar, sabe á muerto!

Minia calló. Recelaba haber dicho de más, suspensa siempre entre el deseo de despertar y reanimar aquel alma temblorosa, asida al vivir como un niño al seno de la madre, y el miedo de herirla con golpe rudo. Silvio había escuchado el tétrico apólogo sin hacer el menor comentario. Al fin, gimiendo:

—La vida...—murmuró.—La vida no es joya de gran valer, aunque á veces encanta... Pero ¡el arte! ¡el arte! ¡Minia!

Y la compositora, derrotada, no pudo sino responder:

¡El arte... sí! El arte... ¡Eso es otra cosa...!