—¡Es triste! ¿Verdad que es triste, amigas mías? ¡Triste no volver á comer, lo que se llama comer! ¡Si se comprase un estómago! ¿No se compran las obras de arte más hermosas? ¿No se compra el amor, que dicen que es cosa tan sublime y celestial? ¿Por qué no se ha de comprar lo prosaico y vil? ¡Prosaico! ¿Y por qué prosaico? Palabras, falsedades, mentiras... ¿Sería prosa bajar ahí y decirle á uno de esos bárbaros: “¡Dame tu estómago por mil duros! ¡Quiero hartarme, hartarme de ese bacalao á la vizcaína!”?

Sobre este tema divagó buen rato, interrumpiendo á veces sus reflexiones congojas nerviosas, desfallecimientos, risas de insensato y quejas tiernas, infantiles. Abajo, los obreros ya no se contenían; amplios manchones de vinazo deshonraban el mantel, y los comensales empezaban á fumar, á hacer trueques y comistrajos con el postre. El viejo asentador, desdentado, ensopaba en vino su arroz con leche, diciendo que era un estilo de cuando muchacho, que lo había visto comer siempre así. Bobita había puesto las patas sobre el reborde y zampaba los corruscos de pan sobrantes. El banco donde se sentaba el hortelano se hundió, y la caída se celebraba con risotadas, empujones, bromas, aplausos. El gaitero, hombre corrido, malicioso, contaba cuentos, y se apiñaban por oirle. Sonaban vivas entusiastas. Las volteadoras de la hierba, los caseros, los jornaleros, entraban recelosos; adquirían confianza, pero rehusaban probar el arroz, murmurando que “no tenían voluntad”, según ley de política. Venían, curiosamente, á admirar aquel festín cumplido, en el cual, se susurraba, habría hasta café y copa. Los servidores repartían ruedas de mantecoso queso de tetilla. El sacristán de la parroquia disponíase á dar fuego á los cohetes, y Pilara, fregando una contra otra dos conchas veneras, saltando, acompañaba á su hermana, que repicaba el pandero, entonando una copla allí mismo improvisada.

Silvio, ya tendido sobre la cama, respiraba el frasco de antihistérica que la baronesa le acercaba á la nariz. Su diestra consumida, de marfil pálido, asía una gardenia, una fresca gardenia acabada de cortar. Expresión de repugnancia le contraía el rostro.

—¡Brutalidad!—murmuraba.—¡Esos guisotes! ¡Apestan hasta aquí! ¡La bestia humana!

Vino el criado; le alzó en peso; ayudó la baronesa también; lleváronle de allí á la sala, donde no percibiese ni los ruidos ni las exhalaciones de la comilona. Había anochecido; el cielo, estrellado, puro, era bello dosel colgado muy alto, inaccesible. Entonces un cohete de lucería de color rasgó el aire. Sus lágrimas lentas, de resplandeciente pedrería, se extinguieron antes de llegar al suelo. Otro cohete salpicó el espacio de chispas de luz, fugaces, menudas. Al apagarse los fuegos artificiales, el firmamento augusto convidaba á abismar el pensamiento en la infinita majestad de su extensión. La noche, templada y veraniega, se rebozaba en terciopelos turquíes, y del mar distante venían soplos salobres, la vida de los océanos en que se formó tal vez nuestra vida mortal. Los ojos de Silvio se alzaron. No dijo nada. Silencioso, arrojaba entonces al abismo, por siempre, la carga de esperanzas é inquietudes, el estorbo para el gran viaje que iba á emprender, al través de otros mares mudos y sombríos, hacia el país del misterio...


No era todavía, sin embargo, la resignación; no la nueva razón de ser de un espíritu que se somete y renuncia á los fenómenos y apariencias sensibles. Eran más bien silencios de pena inconsolable, marasmos, tormentas y naufragios continuos, insumisiones en que se destroza el corazón, cual se destroza las uñas el prisionero al atacar las paredes de granito de su calabozo. Y sin poderlo remediar, sordas ó declaradas irritaciones contra todo y todos; impaciencias transitorias, seguidas de explosiones de gratitud, efusiones que tomaban forma de desgarradoras despedidas.

Cualquier detalle, el más leve, exasperaba su susceptibilidad dolorosa. Así, los bulliciosos juegos, la salvaje vitalidad juvenil de Bobita, habían llegado á serle insufribles. Encerraban frecuentemente á la danesa; pero con su agilidad y su ímpetu, el animal se escapaba, saltaba ventanas, empujaba puertas, y de improviso saludaba á su amo con insensatas caricias. Después solía entretenerse desdeñosamente, llena de coquetería, en desesperar á Taikun, el japonesillo.

Era tan chiquitín aquel enamorado, tan inferior á la Valkiria escandinava, que ella se divertía en burlarle, en huir, en tenderse en posición de esfinge, haciéndose la desentendida, con evidente mofa y crueldad. Luego retomaba á halagar á su amo, arrojándosele al cuello ó mordiéndole y lamiéndole las manos consuntas, estremecidas bajo la lengua fresca y violenta del animal. Y entonces Silvio, con acento de hastío inexplicable, volvíase hacia la baronesa, implorando: