—No, lo que hacen para mí no huele tan exquisitamente—insistió el artista.
—¿Probaría usted?
Una luz de esperanza loca brilló en los cambiantes ojos amortiguados... La mano demacrada se agitó.
—¡Que me traigan un bocado, nada más que un bocado!
Momentos después, mientras los del xeste, ya amparados por la penumbra del crepúsculo, que les envolvía en velo protector, acogían con carcajadas y gritos de aprobación las soberbias fuentes de arroz con leche bordadas de arabescos de canela, le presentaban á Silvio un plato con el apetecido guisote. El enfermo se incorporó, olfateó... La saliva cosquilleaba en su paladar. Tomó el tenedor, pinchó una patata envuelta en pebre... y, antes de llegarla á los labios, soltó el tenedor, que cayó al suelo, y se reclinó, se hundió nuevamente en la butaca.
—¡No puedo! ¡no puedo! ¡no puedo!
—Un esfuerzo...—rogó la baronesa.
—¡No! ¡Asco! ¡Imposibilidad! ¡Que me lo quiten de delante!
Gimió, lloró casi; alzó al cielo las manos, los ojos... De súbito, pareció calmarse, aceptar todo, despedirse de la vida material, desarraigarse de la tierra.