Cerca de un minuto transcurrió así, sin que ninguno se arrojase. Pilara les animaba, alabando el caldo, que estaba “que se comía solo”; al fin, el viejo, con más mundo y aplomo que los rapaces, se llevó la cuchara á la boca, y le imitaron, acompasadamente, cuidando, como manda la buena crianza, de no tragar aprisa. Pero el caldo era manteca pura, y, con sus tajadas, alborozaba el estómago.
Los servidores acudieron portadores de jarros, y escanciaron negro vino en las tazas, animando á que los obreros remojasen las fauces, secas del polvillo de la cantería. Las manos huesudas, recién mal lavadas, se tendieron hacia los cuencos de barro; y después de beber regaladamente, por falta de costumbre de utilizar la servilleta, que habían dejado tiesa y doblada, limpiábanse con el dorso de la mano ó con su propio pañuelo de hierbas.
El pote habíase agotado, y aún no se resolvían á hablar sino en voz baja, cohibidos por los señores que les miraban, por la novedad del festín. Silvio, hundido en su butaca, contemplaba aquel cuadro pintoresco, deseando que adquiriese carácter á lo Teniers. ¿Por qué ni hablaban, ni juraban, ni silbaban sus tonadillas irónicas, lo mismo que cuando, colgados en el espacio, sobre la estadía, izaban enorme sillar para asentarlo? Aquellos pájaros laboriosos no cantaban á gusto sino en el aire ó bajo el cobertizo, moviendo el pico ó empuñando la palleta...
Sin embargo, al aparecer el segundo plato, un guisote de carne que trascendía, estaba roto el hielo. Los cubiertos tilinteaban alegremente. Se cuchicheaba, surgía alguna risotada. El asentador viejo, representación de la experiencia y el mundanismo en la cuadrilla, arriesgó un elogio humorístico.—¡Que así se volviesen todas las piedras de la obra! ¡Que así se volviesen cuantas había sentado en su vida! ¡Y que cayesen riba de él!—Se celebró. Tenedores y cucharas se activaron; hubo alabanzas á la guisandera.—¡Que guisase así hasta esfarraparse de vieja! ¡Que nunca las manos se le cansasen de guisar!
Entonces fué cuando Silvio, que miraba atentamente la escena desde su ventana, empezó á sentir una tristeza envidiosa. Aquellas fuertes mandíbulas, que masticaban vigorosamente; aquellos hombres entregados á un deleite hondo, animal, bueno y gozoso; aquellos cuerpos ágiles, curtidos, no desgastados por el alma, le causaban la fascinación dolorosa de la envidia, la más torturadora de las pasiones, porque en ella se sufre de ser quien somos, tal cual somos, de tener nuestro yo y no un yo diferente. Silvio se acordaba del tiempo que había pasado queriendo ser otro, un maestrazo del arte... Y ahora, bajo las garras de la enfermedad, que tanto humilla el deseo, que reduce las magníficas ambiciones y los alados sueños á la aspiración de una función fisiológica normalmente cumplida,—sólo ansiaba volverse uno de aquellos comilones embelesados, que saboreaban la fruición grosera, franca y deleitosa de un guisote en punto cayendo en un estómago virgen. Los rostros se coloreaban, los ojos relucían, y la aparición del bacalao á la vizcaína, listado de rojo por las tiras de pimiento, fué celebrada con explosión de regocijo. Se daban al codo, guiñaban el ojo; y, para mayor contento, el gaitero entró entonces, seguido de su tamborilero, preludiando la muiñeira mariñana.
—Que no toque, que se siente y coma—ordenó la baronesa. Y la gaita reposó; las notas agrestes, penetrantes, se cobijaron entre las rosas, entre los saúcos y las madreselvas, porque el bacalao exhalaba un tufo...
Bocado tras bocado, embaulando, vaciaban los tazones. Ninguna preocupación debilitaba su fuerza digestiva, fuente de alegría, centro de la felicidad orgánica. Eran como niños, igual los que en la barba hirsuta y sin afeitar mostraban canas amarillas, que los mozos de bigotillo naciente.
Y Silvio envidiaba, envidiaba... como el prisionero envidia el aire, la luz, el solo bien de poder cruzar una calle, de estirar las piernas... Su envidia tomaba la forma retrospectiva, que casi siempre conduce á mayor amargura, á desolación sin límites. ¿Por qué no haber sido un cantero, uno de los cortadores que grabaron los capiteles de la capilla, de tan curioso estilo romántico? ¿Por qué no haber conservado un alma del siglo XIII, un pulmón que respirase, una sangre pronta á alborotarse ante la mujer, un estómago de hierro? No quería ser un obrero á la moderna, de los que leen y piden reivindicaciones y adelantos; nada de eso: aquello mismo; el cantero de aldea, sumiso, frugal, muy sano, que, al bajarse de la estadía, rompe á correr hacia el baile en la carretera...
—¡Qué felices, qué felices!—repetía, moviendo la cabeza, ya temblona á fuerza de desfallecimiento.—Y ¡qué rico es eso que comen!—suspiró.—Para mí no sazona tan bien Pilara...
—¿Qué está usted diciendo?—exclamó Minia.—¡Si lo oye ella! ¡Poniendo sus cinco sentidos la pobre!